Verano campo



#TemporadaRefritos

Nos levantamos a las cinco de la mañana. Él se cepilló los dientes, se cambió las gomitas de los brackets, y luego entré yo, con la grasa en la cara, los pelos parados y el acné explotándome en la cara. Después fuimos a la matera, atravesando un río de paletas, walkie talkies y juegos de mesa hasta llegar a la mesada y las chocolatadas listas.
Cuando terminamos salimos afuera: primero el olor a humedad, a eucalipto y tierra mezclados; luego la luz tenue del amanecer, que acariciaba las paredes del galpón inmenso. El cielo pintado de celeste, puro, profundo, con algunos rastros de estrellas aún en su rostro.
Caminamos derecho; las alpargatas se me mojaban, pero las botas de él parecían resistir bien. El pasto estaba largo: susurraba con nuestro paso.
Llegamos a la casa más chica, de madera, techo de chapa, olor a torta frita y el mate calentito, listo. Ibañez nos convido uno, dos, con las manos ásperas, callos, luego se fue para la habitación y trajo la boina negra, gastada, para salir gritando “Adios”, a Mabel, que atrás de la casa estaría dando de comer a las gallinas, silbando.
Luego los caballos: el olor a transpiración, a bestia; el polvo del cuero, el ruido de los bozales, el casco pegando contra el suelo; la cola saltando de un lado a otro, inquieta; los ojos oscuros, inmensos, dos pelotas que brillaban con el sol que cada vez se hacía más fuerte, más pesado.
Después mirar a Martín que sonreía, el pelo rubio, casi blanco, haciendo con la pelvis para adelante, para atrás, acompañando al caballo inmenso, el Colorado, las venas del animal saliéndole del cuello, latiendo. Los tres caballos trotando hacia las tranqueras, allá hacia donde se veían las sombras grises de unos montes.

***

Lo que más me gustaba de que me invitaran al campo era ella: María. Su piel bronceada por el verano y la pelopincho; sus hombros pequeños, su corte carré y las uñas pintadas de azul con estrellitas celestes y amarillas.
Volvímos de recorrer e Ibañez se llevó los caballos. Martín nos llevó a su cuarto y me prestó una malla, luego una toalla blanca y pesada, y ahí nos fuimos para la pileta.
Las cotorras gritaban, volando de aquí para allá, mientras los adultos charlaban sobre el campo y el pueblo, debajo de la sombrilla.
Martín cargó la pistola inmensa, con detalles verdes, con mira para apuntar, y buscó a María para llenarla de agua. Ella tomaba sol sobre su toalla, tan linda, tocándose todo el tiempo la trencita que se hizo en la playa, allá en Cariló, antes de venir al campo.
Y entonces su malla se mojó, y yo pude ver los pezones que se marcaban, mientras ella corría a Martín, puteándolo, con las piernas flacas, la pancita firme. Y me sentí flotando, con calor en la cara y ganas de salir corriendo detrás de ellos también.

***

Esa noche Martín prendió la tele y encontró una porno: una chica le lamía la pija a un tipo, el sonido húmedo, los gemidos, clop, clop, clop, los huevos golpeando, una y otra vez, la impresión, la excitación en mis calzoncillos y Martín que metió su mano en los suyos, y yo que me quedé ahí, medio impresionado, acurrucado en mi cama.
Martín movía las manos debajo de las sábanas, en la cama que estaba contra la pared. Yo miraba la tele, incómodo, masturbándome un poco al principio, un poco más después, pero a mí no me saltaba todavía, y eso era algo que ni siquiera sabía fingir.
Él siguió un rato, y cuando terminó me mostró su mano: parecía shampoo, o jabón líquido.
Yo me dormí pensando en María, en ella y sus pezones, pero también se metía Martín, el shampoo en su mano, y sentía el calor húmedo de aquel verano.
Esa noche soñé que salía corriendo por el patio de mi casa, que corría y era un caballo, que transpiraba con olor a bestia a través de los pastizales, allá hacia el monte gris y lejano, pero a medida que avanzaba volvía a ser yo mismo, y adelante iban ellos dos, más rápidos, más bellos y sonrientes, iban a llegar al monte antes que yo.

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