#Reseña: la deconstrucción de Childish Gambino



Dale Troyyy


No es sorpresa, para aquellos que lo seguiamos, que Donald Glover (alias Childish Gambino, alias Troy el de Community) esté hoy en día en boca de todo el mundo. Incluso sin haber visto Atlanta hasta hace poco -la vi impulsado por el lanzamiento de This is America, debo confesar-, ya se veía venir: su carrera despegó temprano, como guionista de 30 Rock, como actor y comediante en Community, como músico increíble y ahora le sumamos creador, actor, director, etc. Y tiene 35 años.
Talento, profesionalismo y muchas ganas de laburar y hacer cosas en las tierras de Trump, puede no llevarte a nada. La realidad del sueño americano es tan real como un sueño argentino, nombre que no patentamos, pero que siempre tiene que ver con la meritocracia como una escalera imposible hacia el éxito individual. No hay mucha diferencia en eso, entre allá y acá. Pero sí hay otra cosa: una industria cultural en la que se puede o bien caer en lo meramente comercial, o bien construir arte contrahegemónico y popular al mismo tiempo. Se puede, aunque obviamente no será “nuestro” popular, no hablará de nuestras calles, de nuestras violencias, opresiones y resistencias.
Dondald utilizó este camino y construyó así una carrera increíble. Quiero destacar en este punto a Community, una serie demasiado de culto para lo amena y divertida, además de inteligente, que es. De su set salieron grandes artístas como Allison Brie -quien protagoniza Glow, y es la voz de Diane Nguyen en BoJack Horseman-, Gillian Jacobs -Mickey Dobbs de Love- y el genial Dan Harmon, su creador y director, hoy disfrutando del éxito masivo de su otro hijo: Rick & Morty. De acá también salió Glover, incluso yéndose antes para priorizar, justamente, la creación y realización de Altanta.




Ahora sí, vamos a la primer temporada de Atlanta. La historia cuenta de las andanzas de Earn (Dondald Glover), un afro-americano que alguna vez fue a la Universidad, pero que ahora anda yirando sin un peso, viviendo de la madre de su hija, Van (Zazie Beetz), con quien mantiene una relación entre desenfadada y friamente amorosa; junto a su primo Alfred (Brian Tyree Henry), un rapero que aún se proyecta en la onda gangsta de los ‘90, y Darius (Keith Stanfield), un nigeriano psicodélico que siempre está en el límite entre lo místico y lo delirante. 
El primer plot de esta serie aparece cuando el protagonista se entera que su primo (Alfred), un rapero llamado Paper Boi, la pegó con un tema y tiene una posible -aunque difusa- chance de ser famoso y entrar al salón de los raperos del mainstream. Earn tiene que convencer a su primo de que puede ser su manager y esa es, de una manera casi formal, lo que ata el primer capitulo y el último. El resto de la serie es como la vida misma: caos, subtramas, confusión, drogas, rap, programas de televisión en vivo y narcotraficantes (?).  
No hay una estructura fija, que progresivamente nos lleve a un climax, sino más bien pequeños climaxs, una sensación de que todo el tiempo lo terrible se naturaliza, y los personajes, atravesados y atravesando la sociedad que los rodea, navegan como pueden por las calles. Por esto, la serie va y viene, a través de distintas temáticas, buscando siempre un mismo objetivo: deconstruir, dar cuenta de dónde está lo problematizable, como dedos que buscasen tumores debajo de la piel opaca, a tientas, inseguros. 

La fuerza 

Después de ver It’s América, y antes de ponerme a ver Atlanta, leí la nota que Juan Data publicó en Anfibia, llamada “El nuevo negro”, y esto me dio una guía sobre cómo ver la serie. 
Data cuenta que Glover, a diferencia de la mayoría de los raperos, no venía de la calle, ni de la marginalidad -elementos constituyentes de la legitimidad para serlo-, pero que tampoco tuvo la necesidad de inventarse ese background, al igual que otros artistas:

“Glover ya estaba establecido como celebridad en el espectáculo, así que ni se molestó en crearse una historia de origen ficticia, adjudicándose un pasado gangsteril. Al contrario, entró al mundo del rap con rimas repletas de alusiones a su condición de nerd, mostrándose como un sujeto frágil, vulnerable, raro. Lo opuesto al estereotipo de alfa-macho fanfarrón que domina al género, y por extensión, a la cultura de los afro-descendientes en Estados Unidos”.

En este sentido, Data construye una idea de que Glover, junto a otros artistas afro-americanos actuales, están deconstruyendo la idea de lo que es ser, justamente, afro-americano en el siglo XXI. Y así vi Atlanta: como una intención de dar cuenta de cómo los estereotipos de afuera (el negro siempre avasallado por el estado a través de fuerzas policiales que los cagan a palos, entran a sus casas, destruyen sus pertenencias, asesinan por la espalda y arrasan con su orgullo) y los de adentro (el gangasta bocón, machote que anda enfierrado tirando dólares por ahí que no tiene realmente). 
Por eso vemos que cuando Alfred -Paper boi- saca el fierro y dispara, en la primer escena, lo que sigue no es la rueda mágica de la vida y el éxito, o la rebeldía del hombre rudo y marginal, sino una especie de sabor a nada: al sistema ni le importa que dos negros se maten y lo dejan libre, a sus fans les refuerza un poco el hambre de las viejas glorias pandilleras -presionandolo literalmente, apurándolo, para que siga así- y los medios tienen a su negro rapero y con prontuario del cual alimentarse por un rato. Y sigue así, con el manual del gangsta y de lo que debe hacer un rapero para ser rapero: merqueado, borracho y rompiendo todo; siendo dealer, con fierros, prostitutas y vips en boliches, pero nunca alcanza, todo lo que hace se diluye en ese mundo donde el cae siempre en el mismo molde.
Es gracioso que cuando aparece un YouTuber que lo critica siempre en su canal, PaperBoi intenta hacerse respetar, como haría un gangsta. Todo ese capítulo es como cuando le queremos pegar a alguien en un sueño y no tenemos fuerza en los brazos: siempre quiere, siempre está ahí, pero nunca puede. El youtuber literalmente se le escurre, no sólo físicammente, sino discursivamente: al final no queda otra que dejarlo ser, ignorarlo. Ya la lógica de “hacerse respetar” a la antigua no sirve de nada, porque a nadie le importa.
Mi mayor crítica es por el capítulo de la transfobia, que no me quedó claro. A mi me pareció que contribuía a una mirada transfóbica (con el chiste del negro que se identifica como un blanco de 35 años, como riéndose del absurdo de construir identidades diversas), y sin embargo, es el capitulo más premiado y aclamado de la serie básicamente. A nadie le pareció lo mismo que a mí, así que si lo vieron me explican por qué. Otra cosa que me dejó dudas es que hay otra parte que es muy pro-diversidad (el diciéndole a otro negro en la comisaría que no tenía por qué avergonzarse, luego de que este descubriera que su novia era una chica trans), por lo cual no sería coherente que después sea lo contrario. Así que creo que yo no entendí ese capítulo.

Otro aspecto a resaltar son los personajes y los diálogos. Generalmente, los personajes son delirantes, entre místicos sabios y drogadictos inconcientes e ingenuos, entre víctimas de la vida y grandes revolucionarios que encontraron cómo dejar el sufrimiento atrás; siempre al borde del verosimil.

Por todo esto, creo, la serie viene a deconstruir, a desarmar verdades, no sé si del todo universales o bien específicas de un sector; aunque muchos de los estereotipos del gangsta aquí también se ven con lo que fue el furor de la cumbia villera, ahora de consumo hispter.
Glover, o Gambino, entonces irrumpe en la escena del mainstream a poner en evidencia a esos otros movimientos que alguna vez también irrumpieron para hacer lo mismo con sus predecesores, porque siempre lo hegemónico queda cómodo, aunque violente a sus propios protagonistas.  


De yapa: la música de la serie es increíble, acá les dejo la lista para que chusmeen.



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