Piolines




—Re mil, ¿se dice? Re cansado... —dijo.
—Re mil —contesté. Y me quedé pensando “re-cansado”.
—Viaje largo —contestó él, y se quedó ahí, con los ojos celestes, divinos, clavados en mis ojos morochones, vulgares, qué vulgar. Pero no, no. Él se quedó mirándome ahí parado en el medio del garage que convertimos en living, mientras la foto de Mica y yo en la torre Eiffel nos observaba desde la mesita, al lado del velador que se rompió y que ella volvió a armar aquella tarde de tormenta, la tarde del fin del mundo.
Pero no. No pasaba nada ahí realmente. Él me miraba, esperando. Yo lo miraba, y sonreía. En realidad pasaron segundos, y quizás el no se dió cuenta, quizás sólo intuyó algo. Entonces le expliqué cómo eran las llaves, cual era de arriba, cual de abajo y a qué hora esto y a qué hora lo otro. El desayuno antes de las once, sí. La cena sale 150 pesos y se come lo que hay. Sí. Él me miró y sonrió, ahí parado en el living, siendo rodeado por esa foto y ese velador.
Subimos y le mostré el cuartito: era una pequeña habitación con un escritorio y computadora, un somier y una estantería llena de libros. Él la miró así nomás, con los ojos celestes divinos, y me miró después a mí y me dijo “gracias” y yo le dije que cualquier cosa estaba en mi habitación, que está al lado, después de esa pared tan fina, tan de ladrillo hueco y un revoque que siempre se desgranaba, se deshacía como la entropía.
El asintió. Le dije que a la noche, por ser la primera, lo invitábamos a cenar. El dijo que bajaría a eso de las nueve.

***

Mica llegó a las siete. Estaba cansada me dijo. Se prendió el pucho y se tiró en el sillón.
—¿Llegó el pibe este?
Asentí.
—A eso de las cinco llegó. Ya subió al cuarto, está ahí encerrado desde que llegó —agregué.
—¿Le armaste la cama?
—Sí, y le dejé colchas.
—¿Limpiaste antes? Mirá que había una re mugre. ¿Nuestro cuarto lo ordenaste?
Me quedé mirando. Asentí.
—¿El cajón? Lo guardaste me imagino, no lo habrás dejado por ahí abierto.
Entonces me di cuenta que quizás el cajón había estado ahí también, tan abierto, tan expuesto, y él con sus ojos celestes clavados en su volumen, en su materialidad ma-te-rial, como una venganza, una contraacción a la ac-ción de esa foto mía y de Mica que antes lo observaron a él, junto al velador del apocalipsis.
Mica me miró seria, sus ojos negros como los míos, vulgares, violentos. Me miró y yo subí un poco corriendo un poco no y el cajón estaba ahí, abierto, como una boca que vomitaba, a un costado de la cama. Me paré en el pasillo, para ver si se veía su interior desde ahí, y me imaginé que tenía esos ojos celestes para verlo, desde ahí, pero el corazón del secreto era invisible, al menos para mis ojos negros, vulgares. ¿Sus ojos veían más allá de la madera pintada de negro del cajón? Un cajón abierto a un costado de una cama mal tendida, arrugada; un caos mal disimulado, maquillado.
Cerré el cajón y lo guardé de nuevo debajo de la cama. Volví a bajar y Mica estaba con las piernas sobre la mesa ratona, mirando tele y sacándose un moco. Yo me fui a la ventana y la abrí para seguir fumando. El living se veía lúgubre, con la luz azulada de la tele, intermitente, como un pálpito.
Arriba se escuchó un ruido. Un golpe contra el suelo, quizás un pie descalzo que descendió de la cama, que se apoyó con fuerza en el talón, y unos ojos que mirarían hacia algún lado, ¿mirarían la pared fina de revoque que se desgranaba? ¿Intentaría mirar más allá de ese límite hacia el cajón negro escondido bajo la cama? ¿Qué sabría él de cajones negros escondido debajo de camas, de veladores del apocalipsis, de fotos con la torre Eiffel de fondo? Quizás ese golpe, sordo, de talón que golpeaba contra el suelo, descalzo, fue una señal, un mensaje hacia nosotros que ahora estábamos ahí, duplicados en foto y en carne, dos yo, dos Mica. Mica mirando tele, perdida, cansada por el trabajo; a su vez mirando la puerta desde esa foto, abrazada a mi otro yo, con París de fondo, con un velador del apocalipsis a un costado.
Apagué el cigarrilo y me fui a cocinar.

***

Cociné unas milanesas en el horno y aplasté unas papas para hacer puré. Las primeras salieron quemadas: gusto a ceniza. Lo segundo salvó la comida. Mica le hablaba a los ojos divinos, mientras yo asentía. Sí, sí, claro. Me imagino que Marcos te dijo lo de las llaves, ¿no? ¿Así que Bellas Artes? ¿Y por qué Argentina? Y sí, claro, te re convenía con el cambio como está. ¿Allá es verano ahora no? Claro. ¿Marcos prendiste el calefactor? Pero sí, pobre, se va a cagar de frío, dale prendelo. Cualquier cosa nos tocas la puerta del cuarto, si necesitas más colchas hay en el placard.
Mica sabía sacar charla. Tenía el poder de interesarse en cualquier cosa, de re preguntar, de vincularse con el otro. Yo no podía, mi mente se iba, rápido, hacia otros lugares. Me costaba estar ahí, in situ, vivir el mo-men-to. Estar era un problema para mi cabecita. Pero los ojos celestes-divinos me traían de nuevo a la mesa, me golpeaban cuando estaba en el aire, y de sopetón me hacían caer de nuevo en esa silla incómoda, de madera, en esa mesa de enchapado que teníamos que cambiar cuando tuviéramos plata, en ese living-comedor repleto de humo de milanesa quemada, carbonizada.
—Me gusta mucho ese velador —dijo él, con un español horrendo, repleto de erres que no eran erres, con una lengua gorda y trabada. Y yo abrí bien los ojos, lo miré serio. Mica le contó de aquella tarde de tormenta, del árbol que se cayó en frente de casa, de cómo agarró un cable y lo pasó por los agujeros por los que debía pasar para construir esa lámpara, para ser que cada parte formara un todo.
Yo me quedé helado: ¿Por qué preguntó eso? ¿Qué sabía él de ese romperse, caerse? ¿Qué sabía de ser velador para ser porcelana caída, dispersa? ¿Era una señal, un mensaje arrojado a la mesa, como un bife crudo, podrido, inocente? Carne. Carne tirada en la mesa como una verdad. Como el velador y el cable que se unían ahora a las ojos-celestes-divinos y a ese árbol que se resquebrajó de adentro hacia afuera, partiéndose, desgarrándose, como la carne. Caídas. Caímos. Ahí estamos todas caídas en la mesa enchapada del living, como antes estuvo esa lámpara, caída en el suelo, rota. ¿Quién nos iba a arreglar ahora?

***

Esa noche, mientras yo metía las piernas entre las sábanas y me sentía por encima del cajón negro y del velador apolcalíptico, en igual condición que las ojos-celestes-divinos que estarían recostados sobre el somier detrás de la pared que se desgranaba, Mica me dijo que estaba aburrida.
—Estoy aburrida —me dijo—, no sé qué me pasa.
Yo ya sabía qué le pasaba: los ojos celestes-divinos que miraban desde el otro lado de la pared desgranada. Ambos lo sabíamos: se olía, como el bife que descansaba sobre la mesa, podrido.
Un rato después salí del cuarto para ir al baño. A mi izquierda, otra puerta y a través de una hendija dos divinas ojos celestes alineados verticalmente, a pocos centímetros del colchón, mirándome. Piolines, redes, piolines de redes de piolines que se lanzaban a través del aire y llegaban, desde esas ojas celestes, divinos, a mis ojos, negros, vulgares. ¿Qué sabían esas ojos? ¿Cómo lo sabían?
—Hola —me dijeron sus labios.
—Hola —contesté, y entré a su cuarto. Me acerqué a su cama, sintiendo que mis talones ahora hacían ese ruido que Mica escucharía desde el otro lado de la pared que se desgranaba. Me senté en la punta de la cama, y le pregunté si estaba todo bien.
—Sí, claro —contestó, y sus ojos celestas-divinas brillaron pero ahora dudando: fue como ver, de refilón, un pozo profundo, un abismo terrible que se hundía hacia-dentro de las palabras que se arremolinaban dentro de su mente.
—No dudes —le dije, sin dudar—. Ahí viene.
Mica entró por la puerta: flotaba. Su camisón negro-transparente susurraba mientras se acercaba y sus ojas nos miraban desde arriba, casi como si su cabeza tocara el techo. Su piel blanca, hermosa. Sus tetas miraban a esas ojas divinas-celestes que se proyectaban hacia su carne, su sangre, sus tripas. Piolines. Piolines que deseaban atrapar, reducir, comer. Antro-pofagia. Pero no. Imposible.
Mica se deslizó entre su piel: subiendo desde el dedo gordo por los paisajes de mesetas y desviaciones. Redondeó toda, relamió toda y resurgió frente a las ojas celestas-divinas como una bestia hambrienta. Se prendió fuego, ella, y a su alrededor esas piolines que proyectaban las ojas celestas-divinas, se marchitaron y desaparecieron, como las mías. Éramos seres-seras sin posibilidades de proyectar, de atrapar, y en ese marco el fuego nos quemaba, nos consumía: olor a carne y pelos chamuscados. Ella se subió sobre las ojas celestas-divinas, y yo miré: pensaba en aquel velador que se cayó, en su poder, el poder de su caída, de su rompida -rompete-, de su disgregación, desmitificación; de su de-cons-trucción: dejó de ser todo para ser partes, pequeñas cosas tiradas ahí, tan distintas unas de otras.
—Traé el cajón —dijo Mica, mientras se sacudía, casi epiléptica, eléctrica, sobre la cuerpa que yacía sobre la cama, como la lámpara en el piso, como la carne sobre la mesa.
El cajón latía, como un corazón alegre, como un perro a punto de salir a pasear, quería estar con nosotros, quería comer, alimentarse y ser. Salió corriendo entre mis manos, hacia el cuarto de invitados, hacia los ojos celestes-divinos incendiados, y se abrió frente a ella, a su amada, a su dueña que se secaba con un papel higiénico, mientras un cigarrilo colgaba de su boca.
—Sos hermosa —le dije. Y me caí al suelo, para romperme, otra vez.




Comentarios

Entradas populares