Martita, Martita



—Martita, Martita… sos una perra Martita, siempre con la cola al aire.
—Callate boluda. Pasame la toalla aquella, ¿querés? Me estoy cagando de frío.
—¿Te hicieron venir corriendo en pelotas otra vez?
—Son unos hijos de puta, ¡unos reverendos HI—JOS—DE-PU-TA! ¡Ya me los voy a coger con un palo! ¡Ya van a ver!
—Mi amor, deja de gritar que les das más material para cagarse de risa.
—Que se rían no más, ya van a ver.
—Martita, Martita…
—Deja de decirme Martita, ¿quién carajo es Martita?
—Martita era una amiga de mamá.
—¿Y qué tiene?
—Siempre que se iba de casa murmuraba eso: “sos una perra Martita, siempre con la cola al aire”.
—¿Le decía perra? Mirá cómo me dejaron la cama, la puta madre. Toda de nuevo la tengo que armar.
—Sí, pero cuando Martita se iba. Cuando llegaba la esperaba con masitas recién horneadas, toda piripipí, porque Martita se había casado con un hombre de plata, ¿viste? Entonces cada vez que venía se ponía a arreglar toda la casa como una loca, meta plumero y franela de acá para allá, mientras la hacía mierda a la otra. “Mosquita muerta, a mí no me va a venir a refregar la guita en la cara”, murmuraba. Después cuando Martita bajaba del auto era una lady.
—¿Era linda Martita?
—Era insulsa. Pero tenía unos vestiditos que te morías, hermosos. En el pueblo ella era la que mejor se vestía, lejos.
—¿De qué pueblo me hablás? ¿De dónde eras vos?
—De Coronel Dorrego, originalmente. Después a los 14 me vine para la capital.
—Contame más.
—¿De qué?
—De Martita, ¿cómo era? ¿Rubia, castaña? ¿Colorada?
—Ay no mi amor, para que te andés tocando no. Para eso pensá en la Cholita esa que tanto te gusta. Esta boquita no es un canal porno.
—No me voy a tocar, nena. Y la Chola ahora anda con una alcahueta que trajeron hace poco del pabellón del fondo. Dale, contá, así me duermo con una linda imagen ¿cómo era?
—A ver: Martita tenía el pelo rubio, pero rubio lindo, natural. Tenía los ojos verdes y era muy flaquita. Estaba ya destinada a ser la chica rica del pueblo. Viste cuando lo sabés desde un comienzo. Mamá siempre decía que su familia era un desastre: el padre borracho, la madre tilinga. Pero Martita… tuvo la suerte de la genética, ¿viste? Era una princesita ya desde nena, decía mamá.
—Sí, hay nenas así, chetitas de alma. Con los nenes no pasa tanto, son básicos, como que les puede pintar cualquier cosa cuando crecen.
—No sé, si a mi me mirabas mi amor, era una gordita ya desde entonces. Me faltaban estas extensiones y ya estaba. Mis compañeritos me decían “la gorda Pepa”. Papá cuando se enteró casi se muere, imaginate: su único hijo era conocido como “la gorda” y ni siquiera se defendía.
—Bueno, no me importa eso, contame de Martita, dale ¿que pasó después?
—¿Después de qué, mi amor?
—No sé, de lo que venías contando, que ya de chica era una princesita.
—No la conocí tanto yo, cuore, era muy nena. Mamá me contaba de ella, la hacía mierda. Pero siempre que Martita iba a casa, mamá se portaba como una santa, como una señora de casa. Yo creo que un poco la admiraba. Aparte la otra lo sabía, por eso seguía yendo a casa una vez por semana a tomar cafesito con pastelitos de membrillo. Una vez se pusieron a ver fotos de cuando iban juntas a la escuela. Era tan linda mamá: oscura, misteriosa; tenía los ojos negros y manitos flaquitas. Y unas caderas, mi amor, que no te das una idea. Caderona ya desde nena, la mami. Cómo le envidiaba ese culo, a mi me sacó gorda, sin culo y con las patas de tero de papá.
—¿Y Martita?
—Uy, mi amor. Qué insistente con Martita. Ella siempre fue princesita, desde que era nena hasta de grande. Igual murió joven, la pobre.
—¡¿En serio?!
—Sí, sí. Tendría cincuenta y largos. Cuincuenta y siete, ponele.
—Bueno no era tan joven.
—Sí, ¿cómo que no? Se es joven a esa edad, nena. Ella encima se mantenía perfecto, con el pelo siempre con rodete, dorado, hermoso. Y no tenía arrugas: solo la marca de expresión que iba de la nariz a la comisura de los labios. No creo que de reírse, pero capaz de sonreír porque sonreía siempre. Reír nunca la escuché.
—¿Cómo murió?
—La mató el marido. Me acuerdo que mamá tenía una tristeza, pobre. Fue de las últimas veces que hablé con ella. Papá se había muerto ya, así que estaba sola y creo que Martita era la única persona a la que seguía viendo. Siempre iba a tomar el café. Ese día la llame para ver si me podía mandar plata porque yo andaba seca y no tenía para pagar la habitación, y me salió con que la Martita se había muerto. Bah, la mataron, que no es lo mismo. Pobrecita. Treinta y siete cuchillasos le pegó el Julián Roca. Y eso que él era tan buen mozo también. Era rubio, como ella. Nunca pudieron tener hijos, los pobres, sino imaginate lo que hubieran sido, unos angelitos.     
—¿Y por qué la mató?
—Ay no sé, amor. ¿Por qué matan los tipos?
—No sé, capaz que fue uno de esos crimenes pasionales.
—Mirá como era el Julián Roca, pasión no creo, era más frío y ortiva que la mierda. La mató por hijo de puta, porque se habrá dado cuenta que podía.
—Pobre Martita…
—Sí, pobrecita. La última vez que la vi yo tendría quince. Mamá me mandó a su casa para que le lleve unos pastelitos de membrillo que había hecho, cuando empezó con el negocio de la cocina. Me acuerdo que no me atendía nadie, así que de metiche nomás abrí la puerta y me mandé. Cosa de pueblo, ¿no? La puerta abierta… Pero yo entré porque quería chusmear la casa y ver si, de paso, podía sacarle unos pesos. Adentro olía a cera para el piso y flores: habían rosas en floreros en cada esquina de la casa. Fui hasta la cocina, al fondo, y dejé el paquete en la mesa. Entonces me di cuenta que en el patio había gente: era ella, Martita. Estaba sola, sentada en una reposera medio vencida, a la sombra de un sauce llorón, fumando un cigarrillo y tomando una copa de vino. Me extraño verla así: eran las dos de la tarde, y andaba vestida muy de entrecasa, con un camisón que se transparentaba. Se la veía linda, como cómoda.
—¿Fumaba? No me gusta las chicas que fuman. Feo aliento les queda.
—Sí, nunca la había visto fumar hasta ese día. La cuestión es que yo la veía a través del mosquitero, ¿viste? Y para mí que ella no me veía. Tenía la piel colorada y debajo del camisón no tenía corpiño, así que se le traslucían un poco las tetas.
—¿Ah sí? ¿Y cómo eran? ¿Lindos pezones?
—Ay nena, no te cuento más si te ponés así.
—Te jodo, Ana. Dale, seguí, quiero saber.
—Bueno, yo estaba ahí en la cocina, detrás de la puerta mosquitero mirándola. No porque me calentaba verla, sino porque me gustaba verla así, tan pancha, con su puchito, su vinito y las tetas ahí, casi al aire. Entonces me ve. Pero no se asusta. Me dice “Pepito, ¿qué haces? Vení”. Y yo voy, un poco avergonzada, y le digo “hola doña Marta”, y ella me dice que me siente ahí al lado de ella, en el pasto. Yo estaba nerviosa, imaginate, me sentía como cuando te mandás una cagada y te agarran infraganti. Pero ella nada, se quedó callada un rato. Después me ofreció vino, pero le dije que no, que gracias y me pasó el atado de cigarrillos. Saque uno y me lo prendí. “Sos lindo, Pepi”, me dijo al final, y me acarició el pelo, como si yo fuese su perrito, ahí sentado en el pasto al lado de ella. “Vos tenés que irte a la mierda de este lugar, rajá para la capital o para cualquier lado. Este pueblo es una puta trampa”. Me di vuelta y la miré: tenía la mirada congelada, dura, casi desafiante. Me di cuenta de que no era un consejo: era una orden. Ahí nomás me dio un beso, y creo que debe haber sido el único beso que una mujer me haya dado jamás.
—¿Fue lindo?
—Fue frío. Imaginate que más que la sorpresa no me dio nada más. Y eso que a Martita cualquier otro se le hubiese tirado encima. Ahí nomás ella me dijo “andá, agarrá plata de la mesa de la cocina y decile a tu mamá que muchas gracias”.
—¿Se había ofendido?
—No, no. Estaba en otra: a ella no le importaba yo, ni nadie. Estaba en su patio, con su pucho y su vino, y creo que esa era la verdadera Martita. Después de eso no la vi nunca más.

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