Mar revuelto



—Estoy llegando a la terminal.
—Estaba durmiendo —contestó mamá a través del celular.
—Bueno, me tomo un tacho ahí mismo y voy a casa.
Hubo un silencio.
—No, dejá, esperame afuera y te paso a buscar. Así aprovechamos y vemos al abuelo Carlos y después pasamos por el hospital a ver al abuelo Rubén —dijo, casi como si fuese una obligación que odiaba cumplir.

Me quedé mirando por la ventana del colectivo: afuera la gente paseaba demasiado abrigada para ese primer calor húmedo de octubre. Los jeans se pegaban a las pieles y las remeras tenían sobacos oscúros, pastosos por la transpiración. Nadie estaba preparado para eso, nadie había podido preveer la incomodidad de las medias largas y la necesidad de andar con la piel al aire.
Sentí que volver a casa era siempre igual: como meterse al agua con el mar revuelto, y me pregunté si alguna vez le había hablado de eso a la psicóloga. Después me distraje mirando las casas: chalets recubiertos de piedra Mar del Plata que me hacían pensar en el frío y en la palabra “hogareño”.
Ni bien llegamos a la terminal me paré y esperé a que el ómnibus estacione pegado a la puerta. Quería bajar ya. Caminé con el bolso y la mochila a cuestas hasta la entrada y ahí me prendí un cigarrillo para esperar a mamá. Me puse la capucha, porque se levantó viento de repente, y me imaginé a mamá diciéndome que así parecía una linyera. Me la saqué pensando que el auto de ella doblaba por la esquina, pero no era. Me di cuenta que no me acordaba cómo era el auto, ¿era blanco? ¿marrón?
Al fin escuché el bocinazo y una 4x4 color hueso se estacionó en la vereda del frente. Tiré el pucho y crucé.
—Pareces una linyera —me dijo ni bien subí.
Sonreí y dejé la mochila en el asiento de atrás. Le iba a dar un beso, pero ella puso primera y arrancó. Tenía puesta una campera de jogging y se le notaban mucho las ojeras.
—¿Cómo estás?  —le pregunté.
—Bien —contestó.
—¿Bien? Se te ve cansada.
—Estoy bien.
—¿El abuelo Rubén?
—Está en terapia todavía. Pensé que se nos moría, para mí no pasaba la noche. La médica nos dijo que era Highlander, que no podía creer que se haya repuesto después de cómo estaba cuando llegó. La médica es amiga mía, bah amiga de un amigo.
Asentí. Ella siguió contándome la situación: el abuelo Rubén apareció desmayado en el baño, en bolas. Ahí mi abuelo Carlos agarró y llamó a la ambulancia. Cuando se despertó, en el camino, decía que no era nada, que quería volver a la casa. Al final, mientras lo llevaban a terapia intensiva en la camilla, le dijo a mi vieja “me parece que me quedo tres o cuatro días acá”. Esa noche estuvo inconsciente. El cáncer le había tomado ya el esófago, el estómago y los intestinos.
—Bueno, ¿y vos? ¿Cómo anda Lupe?  —me preguntó mamá, cambiando el tema.
—Bien, ahí anda, estudiando, como siempre. Ahora rinde un parcial, así que por eso se quedó.
—Que bueno, me alegra mucho que anden bien. Cuando me contaste el otro día que andaban bien de laburo la verdad que me alegró —dijo mamá—. Las veo bien a las dos y eso me alegra entre tanta mierda que hay hoy. Las dos laburando, bien económicamente, juntadas.
—Sí, por suerte. Nos ha ido bien este año. Ayer nos compramos un aire acondicionado.
—¿En serio? ¡Que bueno! Me alegro mucho, la verdad. ¿A tu hermano cómo lo ves? —me preguntó.
Andrés era todo un tema. A mí y a Lupe nos debía lo del lavarropas, pero no quería decirlo. La última vez que nos habíamos visto discutimos, por lo que prefería no hablar de él.
—Anda bien, a full con la facu. Está muy estresado con las prácticas que tienen que hacer.
—Claro. Conmigo ya casi no habla.
—Sí, yo creo que está en una etapa de independizarse —reflexioné—, medio como yo lo pasé a los 16, ¿te acordás? Siempre me peleaba con vos.
—No me gusta que se junte con esa gente.
Me callé. Íbamos por la costa. Vi que el mar, marrón, se revolvía agitado.
—¿Qué gente? —pregunté. Al pedo, ya sabía qué iba a decir.
—Anda con esa gente, no me gusta.
—Son re buena gente, la re acompañan.
—No me gusta, qué querés que te diga —dijo ella.
—¿Qué? No podés discriminar así, ¿Porque son hetero? ¿Qué mierda tiene que ver? Son buena gente.
—Sería terrible que tu hermano se vuelva hetero. No me gusta, es así.
—Pero por juntarse con ellos no se va a hacer hetero. Aparte si lo fuese, lo importante es que este bien, ¿o no? ¿Vos no te juntas con Tati y Lincho? ¿Y ellos qué?
—Pero yo nunca me juntaría con ellos estando soltera. No me gusta.


Llegamos a lo del abuelo Carlos. Adentro la casa olía a mierda de pájaro y lavandina. Dos mirlos saltaban dentro de sus jaulas. “Es un macho”, decía uno; “Caca, pis”, el otro. O sino silbaban como benteveos o canarios. Si mamá se acercaba, el más grande de los dos se inflaba y gritaba “pajarito pío”, mientras ella metía un dedo a través de la reja y le acariciaba el pecho. El abuelo Carlos la miraba y sonreía.
—Es increíble. A mí no me deja ni tocarlo. A tu mamá le hace una fiesta… Siempre que se va empieza a chillar como loco —dijo el abuelo. Tenía los pelos despeinados y se le notaban dos lunares rojos, como manchas, cerca de la oreja.
La mesa era siempre un paisaje caótico: los individuales agrietados, viejos y, sobre ellos, un chuker, tres frascos de pastillas, un rollo de papel higiénico, un alicate, una bolsa pequeña de farmacia, una bandejita de cartón, una dentadura postiza, una tijera y un diario de hace dos semanas.
Sonó el celular de mamá, que se fue al otro cuarto a hablar. Su voz retumbaba entre las paredes empapeladas y los pisos de alfombra. Siempre que hablaba por teléfono impostaba una voz fuerte y clara. Decía algo de un cliente o una deuda del negocio.
—¿Y vos cómo andás? —me preguntó el abuelo— La nena, ¿cómo se llamaba? ¿Lupe?
—Bien, las dos andamos bien.
—¿Viajes?
—¿Qué viajes?
—¿Piensan viajar a futuro? ¿Tienen ganas de conocer algún lugar nuevo? —preguntó. Siempre preguntaba eso. El abuelo Carlos y el abuelo Rubén habían viajado mucho cuando eran jóvenes. Aunque el abuelo Carlos decía que Rubén había viajado a costa suyo, porque nunca tuvo un mango y encima cuando heredó unos dólares de su madre los malgastó comprándole un auto al tío José. “Es vago, tu abuelo, eso lo sacó de trabajar para el estado, porque él era municipal, ¿sabías? Nunca trabajó, así que se piensa que tiene derecho a gastar lo ajeno”, decía. Pero igual seguían juntos, hacía cuarenta años ya, como si algo o alguien los hubiese obligado, como si la relación fuese una condena.
—No, por ahora no vamos a viajar. Queremos ahorrar para comprar un auto, pero capaz más adelante —le dije.
—¿A dónde les gustaría? ¿Medio oriente? Si necesitan ayuda, ya saben, ¿eh? A vos y a tu hermano Andrés, cuando necesiten, me avisan. Mientras acá tu vieja no me cague a pedos —dijo.
Mamá no quería que nos preste más plata. Decía que el abuelo Carlos pensaba que todo lo podía solucionar con plata: que sus nietos vivieran lejos, que su hijo no la iba a ver, que su prima viviera en Capital. A todos les enviaba plata. Yo dos veces fui a Europa gracias a él. Pero ahora mamá decía que se iba a quedar sin nada y que si le pasaba algo iba a haber que pagar un asilo o un lugar donde dejarlo, y que ella no iba a poner la plata de su bolsillo, porque salía como cincuenta lucas por mes un lugar decente. Por eso lo retaba cuando él trataba de darle plata a alguien, porque siempre había alguien a quién darle plata.
Mamá volvió y se sentó en la mesa.
—¿Lo viste a Rubén? —preguntó el abuelo Carlos.
—Sí. Estaba mucho mejor —contestó ella.
—No sabés cómo estaba cuando se fue de acá de casa.
—Sí sé, lo vi cuando llegué al hospital.
—No, pero cuando se fue de acá, no sabés lo que era, temblaba.
—Sí, ya sé, cuando llegue allá estaba igual te digo. Lo vi antes que lo atendieran, es lo mismo.
—Pero acá estaba pálido como una hoja, no te das una idea.
—Sí papá, ¿no me escuchás? Lo vi.
—Bueno —dijo el abuelo Carlos, arrugando una servilleta.


Estuvimos menos de una hora, y mamá quiso que nos vayamos. Nos subimos al auto y me contó que al otro día de que internaran a Rubén, el abuelo Carlos le pidió que lo llevaran a verlo.
—¿En serio? —pregunté sorprendido. El abuelo Carlos no salía de la casa desde hacía diez años, salvo para ir a su propio médico.
—Sí. Cuando Rubén se despertó no lo reconoció, no se esperaba que Carlos esté ahí. Y no solo eso, sino que Carlos lo acariciaba. ¡Le acariciaba la cara! Nunca, desde que soy chica, los había visto demostrarse cariño —me contó.
Me imaginé la escena como una película. Esa era la parte emocionante, la parte para llorar: el amor se revelaba en ellos, en mi abuelo Carlos que dejaba su paranoía de lado y demostraba todo lo que sentía por Rubén.
—Tu abuelo Rubén sigue enamorado de él, le hizo muy bien verlo así —dijo mamá.


Al otro día volvimos al hospital. Cuando entré a la habitación el abuelo Rubén estaba acostado de lado, con la cabeza levemente inclinada para vernos. Tenía unos tubos conectados a su nariz —una nariz con forma de triángulo y una berruga rosa— y al lado de la aguja del suero, en el brazo, tenía una mancha de sangre que nadie le había limpiado.
—Qué haces piba —me dijo.
Mamá estaba hablando con la enfermera. Después nos avisó que salía porque se había terminado el horario de visita y sólo dejaban que entre un familiar a la vez.
—¿Cómo te tratan? —le pregunté a Rubén.
—Bien, muy bien. ¡Los chicos de acá me acarician! —dijo, riendo con mucha dificultad.
—¿Qué? ¿Los enfermeros?
—Sí. Me decían “te duele acá” —dijo, señalándose el estómago—, y yo les dije: “no, cuando me tocan no me duele”. Entonces ahora vienen cada tanto y me acarician para que no me duela.
Le sonreí y me imaginé vagamente la escena.
—Vino tu papá el otro día —dijo después. Se refería al abuelo Carlos, pero no se daba cuenta del error: me hablaba como si yo fuese mamá— Y… y también me acarició. “Volvé me decía, volvé”. Sí, sí, voy a volver, le dije.
—Obvio, vas a volver, ya vas a ver —lo alenté.
Murmuró un “sí, sí”. Respiraba haciendo mucho ruido, como si hablar lo agitara.
—Tu mamá me prometió un almuerzo con la doctora, viste que son amigas.
—¿Ah sí?
—Sí. La doctora cuando estaba en la camilla, antes de desmayarme, me decía “acuérdese que tenemos que almorzar” —dijo e hizo un ruido que intentó ser una carcajada—. Yo tenía un miedo. Sí... Ojalá podamos almorzar.



Cuando salí de la habitación fui a la sala de espera. Mi vieja estaba hablando con mi tío José. Hacía mucho que no lo veía: estaba calvo y la panza le colgaba.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—No va a volver a caminar —dijo mamá—. El cáncer le tomó dos vértebras.
—Encima como es, no va a querer saber nada con una silla de ruedas —dijo el tío, agarrándose la pera.
—No. Y en la casa con una silla no puede andar.
—Y el baño no sirve —dije—. Hay que tirarlo abajo y hacer uno nuevo básicamente porque ese va a ser imposible reformarlo.
Mamá suspiró.
—¿Vos? ¿Cómo estás? —me preguntó el tío.
Le contesté que muy bien. Me preguntó si había visto a Racing y nos pusimos a hablar del director técnico y la mala suerte que tuvimos el último partido.
—¿Te volvés ya? —me preguntó, finalmente, señalándome con el mentón el bolso que descansaba en el suelo, a mi lado.
Asentí.


Mamá me llevó a la terminal. Bajó conmigo y me pedí un tostado “de la casa” en el restaurancito de la estación. Era demasiado grande y me llené comiendo sólo la mitad. Pensé en llevarme lo que quedaba, pero al final desistí.
Salimos afuera y prendí un cigarrillo.
Ni mamá ni yo hablábamos. Pensé que ella estaría calculando cuánto le iba a costar contratar a una persona que se quedara en casa de los abuelos a cuidarlos, o calculando las ventajas y desventajas de llevarlo a un lugar “especializado” para no tener que reformar el baño. Sus ojos pequeños se perdían en la muchedumbre que se amontonaba debajo de los colectivos.
De repente me miró, como despertando de un sueño.
—Bueno, que te vaya bien hija —me dijo—. ¿Encontraste mucho quilombo familiar?
Me sorprendió la pregunta. Miré el colectivo y pensé que en cinco horas iba a estar en casa de nuevo, con Lupe, tomando mates y viendo alguna serie en Netflix, lejos del mar.
—No, lo normal —respondí.
Ella no dijo nada. Sus ojos volvieron a la muchedumbre, como si hubiera vuelto a retomar el hilo de lo que estaba pensando antes.
Le di un abrazo antes de subir al colectivo. Pensé en decirle que iba a volver pronto, pero me acordé que el fin de semana largo de noviembre nos íbamos con Lupe a Tandil.
—Nos estamos hablando —le dije, y subí al micro.

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