¡Boom! ¡Crash!




Ahora que nos mudamos, aunque pagamos más alquiler, tengo un lugar donde escribir. Es una habitación pequeña que usamos como escritorio, con una computadora vieja y vista al barrio Mondongo. Cada mañana, antes de ir a trabajar, me armo unos mates y me siento a intentar escribir algo.

Últimamente quiero escribir relatos cortos, tipo cuentos, pero estoy bloqueado. No me sale el formato, y eso que una vez a la semana hablo de cómo escribir ficción ante una clase repleta de adolescentes recién ingresados a la Facultad. “Un relato debe tramar resistencias”, les digo, con una voz que intenta ser seria. Después les tiro referencias de películas o series para que se sientan “identificados”, y me doy cuenta que tengo treinta años y que no tengo ni idea en qué mundo viven.

Ahora estoy sentado frente a la computadora. El mate está listo. Pongo un video de lo—fi en YouTube. Entro a Twitter. Racing perdió, Cristina perdió, el mundo se fue a la mierda desde el 2015. Quisiera decir algo. Pero tampoco sé twittear, o poner estados de Facebook piolas. Y eso que cinco veces a la semana me dedico a twittear y poner estados de Facebook para tres clientes, intentando maximizar el alcance, expandir el público y llegar a interactuar con el usuario.

Afuera pasan los autos. Anoche con Mecha nos despertamos asustados por unos golpes. Muchos golpes en realidad: como si alguien se cayera por una escalera. “Deben haber sido unos gatos peleando en el techo”, dijo ella. Parecía tranquila, hace cinco meses había estado con ataques de pánico y me decía que no soportaba vivir en esa casa, en ese barrio, tan expuesta, con tanto miedo. Yo le dije que se salga del grupo de Facebook que habían armado los vecinos del barrio, que estaba lleno de noticias de robos, secuestros, ruidos y gatos perdidos; le dije que eso le hacía mal y le recordaba cómo los medios habían provocado la ola de inseguridad durante el menemismo. Nunca se salió del grupo, y a las dos semanas me invitó a que me una.

Pero anoche ella no se asustó. Yo un poco. En realidad al principio, cuando los golpes entraron a mi sueño y abrí los ojos en un estado de vigilia idiotizada, el terror que me generó se mezcló con las ganas de seguir durmiendo. Fue raro. Después, una vez que racionalicé “hay golpes boludo, hay alguien queriendo entrar a tu casa a las patadas”, me re cagué. Para ese momento, Mecha estaba levantada, parada como una estatua en el pasillo, intentando escuchar. Esperamos un rato en silencio y más tarde recorrimos la casa pero no vimos nada sospechoso.

Miré por la ventana hacia la calle: empezaba a llover. Eso me tranquilizó, como si hubiese una regla implícita de “cuando llueve nadie entra a la fuerza a ninguna casa”. Me acosté de nuevo y Mecha dijo “habrán sido unos gatos peleando”. Yo le dije que no me parecía, que no escuché ningún bufido. Después ella empezó a divagar sobre que no le gustaba el cubrecama que teníamos, que quería otro más claro para que abra el espacio, hasta que se durmió. Yo sentí que me seguía doliendo la cabeza, y que ya no daba más, que un día de estos iba a explotar.

Ahora sigo sintiendo que me duele la cabeza, pero es un dolor de fondo, suave y constante. Mis nervios están un poco colapsados, y capaz por eso se me hace dificil escribir. Miró la aplicación de Whatsapp web: mi hermana no me respondió el último: “ahí hablé con papá y al final no voy a Azul este finde, perdón”. Seguro que se ofendió, porque ella me pidió la última vez “no me dejes sola para ir a Azul, por favor”.

Tengo que escribir algo. Tengo que poder escribir un relato: uno sólo. Reviso lo que ya tengo escrito, capaz algo se me ocurre. Abro un archivo con un intento de libro de cuentos. “Pueblo”, se llama. En otro archivo distinto que se llama “ideas para relatos” puse que “Pueblo fracasa porque no trama resistencias”. Es probable que sea cierto. No me gusta ese libro. Casi que lo odio: todo en él es oscuridad y depresión, un personaje bajón tiene una vida bajón y termina con una vida bajón. Es cierto, no hay resistencia. Aparte es nihilista.

Yo era nihilista, o al menos me gustaba la palabra “nihilista” para describirme. Ahora me gusta la palabra “progresista”. Me acuerdo que una vez Marina, la titular de la cátedra, cuando era todavía adscripto, me preguntó si era trosco. Yo le dije que no, que era nihilista. “Eso se cura con el tiempo”, me dijo. Y sí, se curó. Ahora soy “progre” y hasta “peronista”. Pero peronista de una forma progre, no peronista peronista.

A Mecha cuando la conocí no le gustaba el peronismo. No le gustaba mucho nada, pero no se definía con la palabra “nihilista”. No usaba ninguna en especial. Decía que todos eran chorros o algo así. Me decía “no puedo creer que salga con un hincha de Racing y peronista”. Yo no me consideraba tan peronista en ese entonces, pero me gustaba que ella creyera que lo era. A los dos años ella se compró el cuadro de Evita en San Telmo, y ahora es “más peronista que Perón”. En realidad es más Evitista, porque Evita es el verdadero peronismo, dice, sobre todo desde que estudió los movimientos populares en América Latina en la Facultad.

Basta. Se enfría el mate. La hoja sigue en blanco. ¿De qué puedo hablar? Los cuentos de “Pueblo” son sobre Martín, un alter ego mío y Gustavo, su padre. Gustavo le dice siempre el narrador, en vez de “papá”. Gustavo también era el nombre del ex novio de Mecha, y una vez se re calentó porque leyó en Facebook un fragmento de un cuento y pensó que yo estaba hablando de él. Encima el tipo se moría —sí, es un spoiler, en “Pueblo”, Gustavo se muere— y entonces pensó que yo lo estaba matando a él. Me pareció increíble que piense que lo quería matar en un cuento donde él era mi padre, y a partir de ahí empecé a publicar siempre con el cosito de privacidad en “Solo amigos”.

Elijo tres cuentos: uno en que Martín y Gustavo van a pescar; otro relato que trama cierta sexualidad confusa preadolecente, y el tercero habla de una “historia de desamor”. El resto son ya muy oscuros: el protagonista se vuelve grande y cínico. Un par de relatos intentan tramar algo sobre violencia de género y feminismo pero sale mal, no dicen nada, no “traman resistencia”.

Mi viejo me llama. Es porque yo lo llame ayer. Le digo que al final no voy a ir a Azul, que ya hablé con Flor, que prefiero guardarme la guita del pasaje y las faltas del laburo por si el abuelo empeora. No puedo salir corriendo para allá cada vez que está un poco mal. Si ahora está mejor, me quedo. Papá me dice que está bien, no pone reparos. Sospecho de su actitud pasiva. Está todo medio raro. En realidad viene así desde el finde pasado cuando fui y nos peleamos por la plata del arreglo del lavarropas que mi hermana me debía. Primero me puso cara de orto, después me dijo “pedile a tu mamá”, sabiendo que era el día de la madre. Esperé al lunes y le pedí a mamá, que me dijo que no tenía y le fue a preguntar a él que vino y me dijo “¿para qué querés plata?”. Yo sentí que me estaba boludeando, y me pareció tan al pedo que me re calenté. Pero también me puse triste. Después fuimos a ver al abuelo que estaba en terapia intensiva.

Desde el cancer de mamá, hace dos años, pasando por el “cancer” que al final fue solo un susto de mi otro abuelo y la depresión de mi hermana del año pasado, la familia se volvió extraña. Extraña en el sentido de lejana, distinta, ajena. Es como tener que desenredar un bollo de cables. Pienso que quizás crecer es tener un bollo cada vez más grande y se me viene a la cabeza la frase hecha de la “mochila” al hombro. Hay varias frases hechas al respecto: empiezo a sospechar que hay una sabiduría que siempre subestimé en ellas. Pero un relato no debe tenerlas: eso le digo siempre a los chicos, que “no usen frases hechas ni lugares comunes”. Pero no sirve: siempre vuelven a contar la historia de su amor adolescente, su abuelo —que era tan bueno, pero tan bueno— muerto o la noche de joda con los amigos.

Vuelvo a escuchar el ruido. ¿Qué será? Quizás tendría que cerrar todas las puertas, salir de casa y tirar la llave, a lo “Casa tomada”. Ese es un cuento antiperonista, según algunos. Para otros no. Me acuerdo de Cabecita Negra, de Rozenmacher. ¡Ese! ¡Ese cuento trama resistencia! Voy hacia la cocina en puntitas de pie, pero no veo nada: platos sucios nomás, y el piso manchado. Hay una copa con un culito de vino, de anoche. La botella está al lado. Me sorprendo pensando que me lo tomé casi todo yo solo.

Vuelvo a subir: tengo que poder escribir algo. Miro la hoja en de word en blanco, la barrita titilando me desafía.

Entonces un ¡boom!

Y luego un ¡crash!

Y siento el miedo en el culo.

Se escuchan más ruidos y alguien empieza a subir la escalera corriendo.

Cada paso me hace sentir como si me cayese al agua de espaldas, me arrastra a este momento, al ahora:

Esto es real.

La puta madre.



Está pasando de verdad.

Comentarios

Entradas populares