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Reseña de Los Gigantes, de Facundo Dell Aqua



Hace cuánto, ¿un año? Fue la presentación de Los Gigantes, de Facundo Dell Aqua. Me acuerdo que fue en El Espacio y que fui invitado a presentarla. Ese día le dije a Facundo “te hago la reseña”. Después de ese día pasaron muchos más, y las hojas con los apuntes para escribirla aparecían en mi vida como ventanas emergentes, cada vez más arrugados y ligeramente amarillentos, para perseguirme: primero arriba de la estantería de mi cuarto, entre los libros, dentro del libro de Facundo, tiradas en el suelo, dentro de la caja de mudanza, en la nueva casa, en una nueva repisa, entre otros libros, hasta que hoy la busque dentro de una caja que estaba guardada con otras cajas en un placard.  La busqué porque ayer vi que Facundo va a reeditar Los Gigantes, y que también está publicando una secuela de la novela en su blog, y porque mientras esas notas aparecían y desaparecían en el caos de mi vida, él siguió pedaleando, escribiendo, mostrándose. Eso lo quiero destacar, porque me parece admirable.
Ahora bien, hago una pequeña reseña, en base a lo que es para mí (como diría Moria, “¡¿quién sos?!”) Los Gigantes:
Los Gigantes es una novela larga. Sí. Y no lo digo como una crítica: Los Gigantes es una novela larga porque es una apuesta, en esta época en que lo inmediato, lo resumido, lo sintético que predomina en la comunicación y en la demanda, el tipo se escribió un libro de los de antes, de esos para leer durante semanas, para disfrutar, para seguir. Y eso también está en el narrador: no se apura, no se desespera, sino que narra, tranquilo, desmenuzando el escenario, los personajes, las emociones. Es un narrador que disfruta del lenguaje, sin dejar de ser funcional y sin intentar volteretas estéticas enroscadas y pretenciosas.
La novela se enmarca en un género que se suele llamar “de aprendizaje” o “de iniciación”, y narra la historia de Hipólito, que se transforma en Bob. Es una novela sobre todo de eso: de transformaciones. Cuestión que podría decirse de toda novela o narración, al menos en términos de estructura general, pero que acá se pone en el centro del relato. Algo de alquimista hay en eso.
Los Gigantes es, entonces, una narración en la cual cada personaje es un plano de realidad distinta y en constante transformación. Y Bob (Hipólito, el protagonista), es un plano más de todos ellos: planos que se cruzan, que chocan, que se destruyen, se alimentan y se reconstruyen. Estos planos son Florencia, Ezequiel, Violeta y Rambeau, sobretodo. Y cada uno de ellos tiene sus propios cruces, antes o después de la narración. “Daño Colateral”, como dice el narrador.
Los Gigantes es la historia de todos ellos, no sólo del choque entre Hipólito, un pibe derrotado y tímido ante un mundo que lo había golpeado ni bien él comenzaba a entenderlo, y Florencia una chica atada a una idea de libertad que por momentos roza no naive, lo estereotipado, pero que demuestra a su vez una pasión atractiva, magnética. El chico que teme a la vida y la chica que teme a no vivir: una combinación que, no por ser clásica, deja de ser efectiva, atrapante y siempre interpeladora.

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