#Reseña: "El Retorno de los Brujos"




“Ver más allá…”
Por Franco Dall’Oste



Una bomba nuclear estalla: los Estados Unidos muestran su poderío occidental arrojando arrasando un pueblo entero, luego otro. Se ve un rostro: es nuestro Hyde, que se oculta detrás de palabras técnicas, valores morales e intereses económicos. Vemos una mano, la llamamos ciencia: es la mano que lanzó la piedra. Sí, la ciencia no es autónoma, no tiene conciencia propia: es sólo una mano, inútil sin su cuerpo. ¿Que nos dieron estas manos? Los trenes, las industrias, la electricidad y los cigarrillos: celulares e internet, el ipod y los concejos para dejar el cigarrillo cancerígeno; dos guerras mundiales, y una guerra fría, indómita y paranoica.
Corrían entonces los años 60, la gran cortina dividía el mundo entre unos y otros, pero la ciencia seguía siendo la herramienta preferida de todos. La carrera tecnológica no dejaba respiro: mientras unos llegan al espacio desconocido, los otros se apoderan de una luna americanizada; y de fondo se oye la guerra más larga de la historia de la televisión comerse las vidas de miles de jóvenes norteamericanos y vietnamitas.
En aquel entonces, la realidad se veía extraña, desorientada: el mundo se convertía poco a poco en un universo de verdades que diferían en muchas cosas, pero que mantenían ese velo de lo imaginable en las construcciones sociales de lo posible. Las Ciencias Humanas aún luchaban por ser llamadas como tales, y el campo académico y científico se arremolinaba ante el paso demoledor de la industria. El mundo necesitaba consumir, necesitaba electrodomésticos, necesitaba automóviles, necesitaba cosechas más duraderas, necesitaba transgénicos, televisores a color, planchas eléctricas (luego serían autos más veloces, productos que faciliten tirar la basura, celulares con más botones, luego sin botones, luces de colores que parpadean hermosamente en las vidrieras de nuestras calles y nuestras casas); también necesitaba armas, petróleo y bancos para inventar luego el dinero virtual, el fantasma de la riqueza. 
El encuentro fue en 1953, unos años antes, cuando el mundo aún se curaba las heridas de la Segunda Guerra Mundial, preparándose para el frenesí de los ’60.  Jacques Bergier, ingeniero químico, alquimista, espía, periodista y escritor francés de origen ruso, conoció al periodista y escritor Louis Pauwels, gracias a un amigo en común que los presentó. Ambos entablaron una estrecha amistad, inspirada en charlas sobre las ciencias, los misterios y la aventura que significan los límites del conocimiento.  En 1960, publicaron, en conjunto, “El Retorno de los Brujos”. El libro había surgido de aquellas charlas, de los documentos recolectados por Bergier a lo largo de una vida relacionada al misterio, las ciencias y el espionaje (trabajó para la Resistencia Francesa durante la Segunda Guerra Mundial) y de la redacción incansable de Pauwels. En él se propusieron demostrar aquello que la decepción post-guerra les había enseñado: a desconfiar de los límites, a no recortar la realidad, pero por sobre todo “a mirar más allá”.

“El Realismo Fantástico”

La lectura del libro “El Retorno de los Brujos” es atrapante, y permite al lector sumirse en un mundo de teorías fantásticas, de insinuaciones y suposiciones de un mundo infinitamente más amplio, de civilizaciones antiguas, de avanzadas tecnologías perdidas en el tiempo y la ignorancia, de los vestigios de estos mundos en cada rincón del planeta, y de aquellos que fueron desprestigiados por hablar de eso que “no era posible”. En fin, es una obra impregnada de superstición y fantasía por momentos, de documentos y evidencias por otro, formando en sí una especie de manifiesto de una generación que luchaba en contra de lo establecido, de los filtros otorgados por el sentido común positivista que los había llevado a la autodestrucción nuclear.
El libro no se desvela por la ficción, no la desea (aunque por momentos la evoca, la insinúa), su contenido no se aplica debidamente a un relato ficcional, ni tampoco se fanatiza por un rigor metodológico o investigativo que lo legitime con la idea de objetividad. Más bien funciona como un híbrido, una mezcla de construcciones mitológicas y legendarias con datos certeros y teorías fantásticas. Es lo que, sus autores, han llamado “Realismo Fantástico” (sin saber, quizás, del realismo fantástico latinoamericano que por esa época, en 1963, llegaría a su apogeo de la mano de Julio Cortázar con Rayuela, entre otros), y a través de este nuevo concepto intentarán probar su idea, digamos, su hipótesis: que la construcción social del paradigma cientificista es una limitación que contradice a la misma esencia de las ciencias, y que a lo largo de la historia, aunque especialmente a partir de la era moderna, la misma estaba condenada por el imaginario social a eliminar un mundo de posibilidades incomprensibles por las teorías del momento, para concentrarse solo en la producción de bienes de consumo o en la industria bélica.
“Este libro”, explica Pauwels en su introducción, “no es una novela, aunque su intención sea novelesca. No pertenece a la “science fiction”, aunque se rocen los mitos que alimentan este género. […] Tampoco es una contribución científica, el vehículo de una asignatura desconocida, un testimonio, un documental o una moraleja. Es el relato, a ratos legendario y a ratos exacto, de un primer viaje a los dominios apenas explorados del conocimiento”.
Por la misma idea del libro, los datos reales se mezclan con las suposiciones, y estas con las reflexiones filosóficas y epistemológicas, generando el debate que, intentan demostrar, es necesario. Así, mediante una prosa que roza lo poético, los autores se preguntan por el mundo, por el conocimiento, primero a forma de mera reflexión: “El mundo no es absurdo, ni el espíritu es inepto para comprenderlo. Al contrario, es posible que el espíritu humano haya comprendido ya el mundo, aunque no lo sepa todavía…”. Luego le sigue un análisis sobre la sociología rusa y estadounidense: “Rusia espera al pensador que describirá el orden nuevo: el comunismo más la energía atómica, más el automatismo, más la síntesis de los carburantes”. En América, en cambio “la reacción contra los “historiadores rojos” de fines del siglo xix ha llevado a la pluma de los observadores el elogio franco de las grandes dinastías capitalistas y de las poderosas organizaciones”, analiza Pauwels.
A través de sus páginas, los autores comienzan, entre reflexiones, a presentar recortes, testimonios y documentos que, atados por la suposición, por la mera actividad de imaginar las relaciones entre todos, generan en el lector esa duda, ese sentimiento de estar ante algo que puede o no, ser algo realmente. En esta ensalada de conjeturas comienzan hablando de las sociedades secretas, el conocimiento antiguo y absoluto, oculto tras los muros de alguna secta antigua: “La idea de una sociedad internacional y secreta de hombres intelectualmente muy avanzados […] es a la vez muy antigua y ultramoderna. Era inconcebible en el sigo XIX o hace sólo veinticinco años. Hoy es concebible”, incita Pauwels, y luego remata: “En cierto modo, me atrevo a afirmar que tal sociedad existe en este momento.” La unión de datos hace más atrapante los argumentos presentados: la tradición de los Nueve Desconocidos, servidores milenarios de un emperador Indio del 273 a.c.; la existencia del “Comité de Desesperación de los Sabios del Átomo” en el siglo XIX; la pérdida de los manuscritos de la biblioteca de Alejandría y las 200.000 obras incineradas de la biblioteca de Pérgamo, entre otras inmensas cantidades de conocimiento perdido en la historia; el basto conocimiento por parte de los Griegos no solo del sistema solar, sino de la Vía Lactea; el supuesto encuentro de Bergier con el alquimista apodado “Fulcanelli” (del cual pueden encontrarse obras escritas), durante una misión de inteligencia; el mito del “Judío Errante”, un ser inmortal castigado por el mismo Cristo, quién supuestamente fue avistado en varias celebraciones religiosas; un análisis sobre la mitología nazista, el lado esotérico de Hitler y los intentos por desarrollar un ciencia “salida de los preceptos del capitalismo”; además de la reseña sobre la obra del desconocido Charles Fort, periodista y aficionado a la colección de noticias reales sobre eventos inexplicables.
Este último, al que Pauwels y Bergier llaman “nuestro maestro”, sintetiza varios de los aspectos que se quieren exponer en la obra. Charles Fort vivió entre 1984 y 1932, y fue un investigador estadounidense, conocido por dedicarse al estudio de hechos no solucionados por la ciencia de su época. Su obra más conocida fue “El libro de los Condenados” y, cabe destacar, varios de sus artículos fueron, en los últimos años, explicados por la ciencia. Esto nos da la pauta de que aquello descartado, aquello olvidado por una sociedad que solo ve lo que cree ver, puede ser, en muchos casos, algo más real de lo que pensamos.
“El señor Fort no es un idealista. Milita contra nuestra falta de realismo: negamos lo real cuando es fantástico”, explican los autores. “Caen piedras con el rayo. Los campesinos creyeron en los meteoritos, pero las Ciencia excluyó los meteoritos. Los campesino creen en la piedra del rayo, la Ciencia excluye la piedra del rayo. Es inútil recalcar que los campesinos surcan el campo mientras los sabios se encierran en sus laboratorios”, resumen.
Sin embargo, los autores reniegan de una mirada ingenua: su objetivo no es llegar al misticismo religioso, o a la fe sin razones, sino generar esa duda sana que precede al conocimiento. “Fort no es un ingenuo. No cree todo. Solo se subleva contra la costumbre de negar a priori”.
 A medida que avanza el libro la fantasía se hace real, o viceversa, pero la cuestión, el punto del libro, se hace cada vez más evidente: ver más allá, dudar y alejar los preceptos del pragmatismo, no descartando la ciencia como herramienta de conocimiento, sino estimulando su aplicación a verdades consideradas, según los autores, de trascendencia vital dentro de la cotidianeidad humana.

El tiempo cambia las respuestas,
Pero no las preguntas.

Estas facetas reflexivas del libro incitan al lector al debate, generando ese sentimiento de atemporalidad en las cuestiones abordadas. ¿Acaso no estamos aún en la discusión del espíritu humano? ¿Acaso las ciencias no siguen centradas sobre el mismo interés bélico-consumista, originando que cada descubrimiento importante se de en relación a este tipo de producción? Podemos recordar entonces el caso de la bomba atómica, salida del ingenio de Oppenheimer y Albert Einstein, entre otros; o para ser más actuales aún, la invención, en 1969, de Internet  a cargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, en plena guerra fría.
El libro pone al descubierto una actitud hacia el mundo moderno (hoy llamado posmoderno) que es, en principio, salubre y recomendable: el equilibrio entre la fe ciega en las ciencias como estructuras inalterables para explicar lo real, y la ingenuidad religiosa que impide el conocimiento.
En los últimos años se han visto miles de casos que, si Charles Fort viviese, seguramente hubiese sumado a su libro: lluvia de pájaros muertos en Suecia y Canadá, la desaparición de un lago entero en Chile, el avistaje de luces y OVNIS (no necesariamente el estereotipo de nave extraterrestre tan masificado) por todo el mundo, las continuas evidencias que atentan contra teorías aceptadas por la cultura y el academicismo (tales como la teoría de la evolución o la población de américa por el estrecho de Bering, ambas muy discutidas), etc.
Quizás su influencia en el tiempo se vio en la nueva manía extraterrestre, aunque su masificación se da de una forma tan compleja que debería hacerse toda una investigación al respecto. Sin embargo, las ciencias siguen avocadas hacia el mismo punto en común: el consumismo de un mundo en plena revolución digital, y las constantes guerras encarnadas por las potencias en la lucha por el poder económico global.
Las preguntas siguen siendo las mismas, los misterios se reproducen a sí mismos con cada pequeño descubrimiento aislado, y la historia que nos precede se esconde debajo del polvo que todos los días pisamos para vivir nuestra cotidianeidad. Por eso, el libro de Louis Pauwels y Jacques Bergier mantiene intacta su esencia, y mediante una prosa poética, un poco real, un poco fantasiosa, nos recuerda que lo inimaginable no esta solo en la ficción hollywoodense o en los best sellers, sino que se desarrolla a nuestro alrededor en el día a día.
“En resumidas cuentas, nos hemos portado como bárbaros, prefiriendo la invasión a la evasión. Y es que algo nos decía que, en efecto, formábamos parte de tropas extrañas, de hordas fantasmagóricas, guiadas por trompetas ultrasonoras, de cohortes transparentes y desordenadas que empiezan a abalanzarse sobre nuestra civilización. […] ¿Error? ¿Locura? La vida del hombre sólo se justifica por el esfuerzo, aun desdichado, para comprender mejor”.

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