Soberbio



Por empezar, sos soberbio.
Y lo peor es que no lo ves. Pensas que tenés razón, que hay algo en las formas, algo perdido en el acto comunicativo, que hace que los demás pienses que lo sos. Pero todos te lo dicen, así que vos lo dudas, y medio lo crees, y lo admitís públicamente, porque querés también llevarte bien con el público.
Por ejemplo el otro día hablando con tu editor (otra forma de hacerte el interesante es decir que tenés o tuviste un editor): yo decía que el campoeira estaba relacionado con las macumbas, porque ambas vienen de los esclavos, cuestión con la que hasta tu amigo estuvo de acuerdo, pero no, vos discutiéndome al pedo, quedando en ridículo. Y encima, lo peor, es que pensabas que tu argumento (“que esa relación no es necesaria, que en el caso que vos explicabas, la anécdota del brujo que hacía capoeira en Brasil, eso era algo sorprendente y no lógico”) tenía sentido, y que de lo que, a lo sumo, se te puede acusar es de una “honestidad intelectual” berreta y justamente soberbia.
Sí, porque en realidad ves que a todos les gusta ganar las discusiones, y pensás que entonces no hay culpa en querer ganarlas vos. Pensás que tenés buenos argumentos, que al final es una fina lucha de palabras entre caballeros, cuando en realidad lo que yo veo es un boludo tirando frases con palabras “inteligentes”, denso. Y no te das cuenta que tanto yo como, seguramente, tu editor, nos sentimos cansados de escucharte chabón. Sí, sí, tu viaje a Brasil fue re loco.
Pero después está esto de llevarte bien con el público, porque tenés ese doble filo: te aterra que alguien te desafíe, que alguien pueda sentir que vos, sí, vos, hiciste algo mal, que sos un tarado, un boludo, un desagradable. Te aterra molestar a los vecinos, y ponés siempre la música más despacio, en medio de las fiestas, o le pedís a Juan que deje de tocar la guitarra porque ya es tarde y los vecinos… LE CHUPAS UN HUEVO A TUS VECINOS. Pero una y otra vez te volvés a meter en esos laberintos intelectuales tuyos, que te hacen sentir que tenés todo bajo control, y me decís que lo que pasa es que tus viejos te criaron así, con un miedo viceral a las represalias de los que viven al lado, de la música al mango y de los ruidos a la noche. Sí, porque para vos todas son estructuras que te estructuraron, sos víctima de tu pasado y ya está.
Y el otro día, cuando viniste llorando que jugaste re mal al futbol, y se enojaron con vos, y que te gusta jugar y no sabés si sentirte bueno, choto, o muy choto, yo te dije que no importaba, que lo hacías por diversión. Pero no, porque tenés ese miedo que te recorre, que te atraviesa desde ahora hasta el pasado: tenés miedo de ser un idiota inconsciente. Tenés miedo (y capaz por eso te gusta Philip Dick y te hacés el que sabés tanto de él, y me aburrís a mí y al pibe que te había preguntado una boludez y que tuvo que comerse veinte minutos escuchándote alardear), de que la realidad no sea la realidad, de que en realidad todos piensen que sos un fracasado, un loser inquerible e infumable, y que nadie te lo diga. Es decir, pensás que sos como el pibe Vanoli, el que iba con vos al secundario y al que todos los días vos y tus amigos le hacían bulling: te acordás de las lágrimas que le caían por esa cara pálida y llena de pecas, y que al otro día llegaba como si nada, como si fuese amigo de todos.
Y sí, sos así, e intentas ver, en todo lo que dicen de vos, tu propio reflejo. Es como que vas armando un espejo con palabras que recortás arbitrariamente de lo que escuchás: y sos una cosa distorsionada, confusa, contradictoria. Y quizás sí, seas sólo eso.
Pero vos por dentro sos más boludón: vos te pensás que sos bueno, que tenés sólo buenas intenciones, y que si los pibes del Laboratorio dicen que cuando entrás a la fotocopiadora no saludás a nadie y que sos un creído de mierda (y un poco vos inventás esto último), es porque no saben que vos no ves bien, que mirás para abajo, o para adelante, pero no ves, estás colgado, “pensando”, o vaya uno a saber qué carajo hacés cuando caminás.
En realidad te pasa lo que ya te dijo tu psicóloga hace cuatro años: querés controlar todo (y te gusta un poco incluso decir que tu problema es que te gusta controlar todo, como si disfrutases las palabras en sí). Y cuando tu novia está de mal humor, y Rodri te dice que no le des bola, que hagas como él con su novia, que cuando se enoja no le da  bola y listo, vos hacés lo contrario: intentas entrar en ese enojo, como si fuese un océano, para poder ver bien qué hay ahí adentro, qué tan amenazado estás por ese odio interno. Y encima de todo lo justificás: decís que vos no vas a no darle bola porque eso es machista, es decir que ella está loca y caer en ese tipo de estructuras. Y suena tan lindo así.
En fin, vos verás. Yo te lo dije. Y vos ahora pensarás: ¿puedo cambiar algo de todo esto? ¿soy todo eso? ¿es real? Y un montón de preguntas filosófico-existencialistas de mierda que no te van a ayudar en nada, porque si hay algo que terminaste aprendiendo, es que las respuestas idealizadas de tu cabeza no sirven para una mierda en el mundo.


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