Godzilla era mejor



Saliendo de Antares me miraste y te acordaste de mí, de Brasil y de las mochilas y el camping y las charlas, las pocas charlas que tuvimos allá, cuando éramos amigos, o algo así, pero el grupo tenía esa “conexión”, y nosotros teníamos esa conexión y quizás por eso nos encontramos nuevamente, en aquel bar, una tarde fría, lejos del calor y el carnaval y Buzios y las canciones de reggae.
Vos saliste y me abrazaste, me preguntaste cómo andaba, y yo veía la luz dorada de la calle pegada a tu piel, y tu mirada a veces era hermosa y otra veces parecía destruida, alejada, casi idiota; pero siempre tenías esa manera de andar y de hablar tan sexual, y todo lo que podía pensar era en esa imagen de Brasil, cuando el tipo inmenso te agarró de la cintura y te lanzó para arriba, y vos riendo, tan delicada, tan grácil con ese vestido que volaba como una pluma y tu cintura y tus piernas, y yo mirándote allá en Buzios y ahora mirándote en La Plata, con frío, grasa en el pelo y ganas de tomar cerveza.
Después de eso nos volvimos a ver. Te mandé un mensaje porque necesitaba más, necesitaba investigar, saber qué era eso, aunque no fuera nada; y vos que me invitaste a tu casa a tomar cerveza y charlar de la vida, del viaje. Y yo te cuento que allá en Buzios te decíamos la sirena, y vos me mostrás un tatuaje de una cola de pez en tu pierna, y todo se vuelve demasiado bizarro, como un chiste. Entonces pasaron las tres cervezas y me dijiste que tenías que ordenar tu cuarto, y yo te acompañé, fui con vos mientras te hacías la que levantabas una camisa del suelo y al rato te sentaste al lado mío, y cuando me di cuenta tus ojos estaban cerca, y me sentí nervioso, porque no podía ser, que vos una pendeja me hagas desearte, me manejes tan fácil, así que me levanté y me fui al baño, pero después volví y me senté y empezamos a hablar de la vida y de mil cosas, y yo ya veía tu boca y la deseaba, deseaba esos labios finos, deseaba esa piel dorada y en un impulso te besé, y vos respondiste con tu mano sobre mi rostro, y la otra me acariciaba el pelo, y yo era puro fuego y pura emoción.
Y yo sentí que tenía que recuperar el control, así que te dejé, me fui en mi bicicleta para lo de Andrés a tomar gin tonic y vino y salir borracho y mandarte mensajes, extasiado e inseguro, para saber dónde estabas, porque ya te pensaba mía, porque no podía pensar en otra cosa, y vos que no contestabas, te convertías en silencio siendo que antes eras puras palabras, pura emoción y placer, y todo se vuelve oscuro, como una gran resaca, pero demasiado rápido, demasiado rápido.

Y así pasan semanas, dos semanas desde que sentí esa magia y ese placer y desde que vi tus ojos verdes aplanados mirarme e indagarme, hacerme sentir algo, y yo que doy vueltas y vueltas por mi rutina, sin parar, intentando pensar en dónde estarás, por qué no me hablás.
Pero entonces me canso y te invito a ver una película, o algo así, y vos comprás otras tres cervezas y voy a tu casa, y hablamos de nuevo, hablamos de la vida y mil cosas; me contás de tu perro, ese animal que duerme tirado en una cucha armada con toallas, me decís que es de la calle, que vos siempre alojás perros de la calle, y que ese volvió después de semanas, o meses, y que siempre vuelve a irse, desaparece, como vos. Tomamos cerveza y después vino y yo ya no resisto resistirme, así que otra vez te beso y acaricio tus piernas, tus piernas suaves y firmes, y me excito, me siento desaforado, y cuando me doy cuenta vos estás encima mío y te movés como extasiada, y gemís y gritás y yo me dejo engañar, y veo el techo iluminado por esa pequeña vela aromática que prendiste hace un rato y pienso en que tengo que aguantar, que no puedo acabar tan rápido, y lo logro, pero cuando me doy cuenta estoy demasiado cansado y demasiado borracho y sólo me tiro al lado tuyo, pero vos no decís nada; agarrás mi brazo y me obligas a abrazarte.

Y no volvés a aparecer, hasta dos o tres semanas después, y yo que poco a poco me acostumbro a esa forma, a esos tiempos, a irme y dejarte ir, y después un mensaje tuyo para saber dónde es la fiesta, y cuando llego veo a tus amigas, pero a vos no te encuentro y pienso que quizás te fuiste con alguien más (porque yo a esa altura ya sabía que andabas con él, lo sabía y lo aceptaba, como aceptaba tus tiempos y tus perros), pero dando vueltas encuentro un cuarto demasiado iluminado, y vos ahí sentada contra la pared, acariciando al perro, a otro perro, ese que te ama, que ya nunca quiso irse de tu casa; vos estabas sentada contra una pared abrazando tu campera de cordero y esperando algo o alguien, y yo que creí que era yo, entonces me acerqué y me senté al lado tuyo, borracho, y empezamos a hablar, y vi tus ojos verdes que brillaban, me arrastraban de nuevo; y esa noche me acompañaste a buscar un vaso de agua, para poder bajar un poco el alcohol, y me guiaste como un nene por la fiesta, y era tan difícil caminar y abrazarte a la vez, y sentir el roce de tus piernas y tus muslos contra mi jean, y dejarme llevar a través de ese mar de gente hasta encontrar una canilla y un vaso de plástico, y fondear para que se me pase el mareo, para poder besarte durante horas sin sentir que todo da vueltas, sin sentir ganas de lanzar; y en la oscuridad de esa cocina empujarte contra la pared y de vuelta a tu lengua, tu lengua que se revuelve en mi boca y tu mano agarrándome del pelo, y mis manos sobre la dureza de tus piernas, tan carnal, mientras de fondo suena la música electrónica que tanto te gusta.
Y esa noche nos volvimos caminando, todos juntos, por la diagonal y después hasta tu casa, y todos se quedaban a dormir ahí, y vos que esperaste a que entren tus amigos para despedirme en la puerta, para no volverte a ver en dos o tres semanas, más quizás, pero no, porque al otro día fui a buscar una bufanda que me olvidé en tu casa.

Cuando te vi caminabas por la calle mientras le gritabas al perro para que te siga, y él que se tiraba al suelo, con un pañuelo atado en el hocico, suplicando.
–Le puse eso porque no tengo bozal –me contaste, mientras apagabas el cigarrillo–. Encima la gente me mira re mal, piensa que soy re cruel por haberle puesto eso. Pasa que si no muerde el idiota, siempre que está conmigo muerde a los demás, la otra vez me dijeron que me iban a hacer un juicio.
-Que mal. Al final este se re quedó en tu casa, no fue cómo el otro, ¿cómo se llamaba?
-Godzilla.
Y yo que me metí la mano en el bolsillo, mientras caminábamos hacia tu casa, y las hojas que caían amarillas por el viento, y tu perro que corría, corría y se pegaba a tus piernas todo el tiempo, mientras intentaba sacarse el pañuelo del hocico.
–No sé qué hacer, este perro me está volviendo loca. A mí me gustan los que son libres, los que van y vienen. Este es muy pegote, se re quedó a vivir en mi casa y no sé dónde meterlo.
–Y dejalo libre.
–No puedo. No da. Godzilla era mejor, medio que lo extraño.
–Claro. ¿Dónde está ese ahora? ¿Nunca volvió?
–No, una chica me dijo que se quedó en su casa un tiempo. Pero no volvió, para mí que sabe que ahora tengo este.
Cuando llegamos me di cuenta de que se me hacía tarde, te pedí que me bajes la bufanda, y me subí a la bici para esperarte; y el perro intentando sacarse el pañuelo del hocico: se frotaba contra la pared y se rasguñaba, parecía una bola de pelos amarillos con un ataque de esquizofrenia. Al final lo logró, y cuando vos bajaste, se echó a tus pies, estúpido y contento.
Me dijiste que al otro día había una juntada en lo de Camila, que querías que vaya, que querías volver a verme.

Entro a la cocina, te veo apoyada contra los azulejos celestes, y me miras y sonreís con los ojos, y te doy un beso breve y secreto, sin que nadie nos vea. Pero más tarde desaparecés, mientras todos miramos videos de Jim Carrey en la computadora vos te perdés en la calle, quizás paseando a tu perro, pero yo sé que es por él, sé que esta allá afuera, y entonces le digo a Camila que me voy, que me abra, y ella que mira a tu otra amiga y todo se hace demasiado evidente, y yo insisto pero vos te llevaste la llave, y no tenemos forma de salir, pero me voy hasta la puerta de vidrio que da a la calle, y Camila empieza a llamarte, desesperada, y yo pensando ¿qué necesidad? Si yo ya sé… pero vos igual aparecés de repente, con miedo en los ojos, y abrís la puerta y yo salgo rápido, corriendo hacia la verdad, y lo veo ahí cerca del árbol, en la penumbra, parado, fumando un cigarrillo y mirando el suelo, y vos que no me mirás, no me hablás, mientras todos salen con sus bicis, volvés a su lado y le das un beso, y le acaricias el pelo enrulado, dejas que te agarre de la cintura y realmente no me molesta verte abrazada a su campera de cuero, no, pero sí me molesta que lo hagas ahora, que tengas que hacerlo así, tan adelante mío.

Volvemos caminando esa noche todos juntos, y vos te quedás atrás, con él, cada vez más atrás hasta que te perdemos, allá por el parque Saveedra, vos desapareces otra vez más.

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