Jugarle al cinco



En algún punto lo de Gustavo se terminó y se volvió al pueblo.  
Un día me llamó, me contó que había alquilado un cuarto en lo de Norma, que ahí estaba cómodo, que no sabés lo que creció el pueblo, ya tiene un cine y todo; y ni te imaginás lo que me preguntan por vos en la calle, sí. Y a través del teléfono su voz se escuchaba rasposa, cansada.  
Yo me dedique a atender el kiosco: todos los días llegaba a eso de las 10 de la mañana, me cortaba un poco de jamón crudo y queso, y desayunaba algo. A veces también me tomaba algo para el estómago, en ese momento ya me empezaba a doler.  
Erica me llamaba de vez en cuando. Yo iba a su casa, allá atrás del hipódromo, y entonces pedaleaba hasta transpirar toda mi espalda y caía rendido en su sillón. Ella me abrazaba, me lamía la cara, la pija y los ojos; y después sacaba la morfina, esa que se había robado del hospital, toda una enfermera de película, y nos acostábamos horas, días, quién sabe; o sino armábamos unas rayas y después nos íbamos al bingo: las luces parpadeantes, los colores chillones, ruidos agudos, monedas que caen, risas de viejas, olor a maquillaje.  
Y entonces todo parecía ir bien: sentía que la vida era algo que podía controlar, agarrar con la mano, para ser feliz, o algo así. Un día el bingo, otro día el kiosco, Erica con sus labios pintados de rojo, disfrazada de enfermera para salvarme, el pelo mal teñido de rojo, las uñas mal pintadas de celeste.  
Ese día me levanté a las 11 y salí para el laburo. Miguel ya estaba ahí, con la remera blanca y gastada, la panza sobresaliendo, la pelada brillante y los ojos enojados. Me miró la pinta, me midió, y después vino la cagada a pedos, las puteadas por la guita que faltaba en la caja y que siempre abrís tarde, pendejo de mierda, quién te pensas que sos 
Andá a cagar, sí, me chupa un huevo este trabajo. Y salí hacia lo de Erica, que no estaba, y me metí al bingo, a jugarle una y otra vez al cinco, dale cinco, sálvame vos.  

Ese día estaba nublado, y hacía frio.  
Sonó el teléfono otra vez:  
-Gustavo está internado.  
-¿Florencia? 
-Andá a ver a tu papá, está internado hace dos semanas.  
-No tengo ganas de ir.  
Dar vueltas en la cama, la espalda me transpira y tengo un sueño: la luna pierde su órbita, se desprende y empieza a flotar hacia la nada, y yo la miro pensando que no puede ser, que no vaya a verla nunca más, pero ella se escapa, se vuelve un puntito blanco perdido entre las estrellas, mientras el mundo comienza a despedazarse.  
Me desperté.  

Al otro día fui a la terminal con una mochila al hombro. Compré el pasaje y me prendí un cigarrillo en silencio



······ Antes - Antes - Antes - Antes - Ahora ······

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