Feliz cumple de mi viejo

Hola, soy Dall'Oste con barba

Hoy es el cumple de mi viejo, que cumple 57. Lo sé porque siempre cumple 30 más que yo. Es decir, me tuvo a los 30, edad que voy a tener en 3 años. A los 26 o 27 se casó, o sea, hace un año de mi vida, más o menos, mi viejo se casó con mi vieja que tenía 21, o sea, 6 años menos que yo, y que él.
Me acuerdo que cuando yo tenía 3, y él tenía 33, le veía el pelo de tipo joven y orgulloso, con el flequillo un poco espeso, peinado para el costado, y remeras grises, le gustaba ese color me parece. Me acuerdo de nuestra primera casa, que no tenía calefactor, ni piso; en el fondo había un cobertizo de madera y, adentro, había nieve. En realidad era cal, pero mi viejo me dejaba creer que era nieve.
La nieve la conocí otro día, cuando nevó en Vidal, y algunos años después, cuando me llevó a Mendoza y yo le tiré un pedazo de hielo, pensando que iba a ser como en las películas, pero le dolió.
Me acuerdo cuando tenía la chata amarilla, una Ford, y la caja olía a humedad, y la chapa estaba bastante oxidada en algunas partes, y siempre se encajaba cuando íbamos al campo. También me acuerdo que en esa, y en la Chevrolet marrón que tuvo después, puso en el espejo retrovisor una horca hecha con una soga: dijo que era un amuleto. Hoy la soga está en mi guitarra.
Mi viejo me enseño a manejar en la Chevrolet, me llevaba al campo y yo veía cómo trabajaba, y en ese tiempo pensamos que yo ahora iba a ser un ingeniero. Pero al final fue él, muchos años después, mientras yo escuchaba Nirvana y me deprimía por haber dejado Arquitectura, que me dijo “andá, estudiá periodismo, si te gusta escribir”.
Mi viejo me enseño también a cortar el pasto, a podar las plantas, pintar las paredes, sacar las manchas de humedad, lijar madera, cambiar focos, cebar mate; me enseñó a estibar bolsas en el galpón, a usar la limpiadora de semillas, a andar en caballo, a andar en bicicleta, a pensar como pienso y a creerme lo que me creo.
También se enojó porque no veía los partidos de Racing, después se asustó cuando me vio llorando de la calentura un día que perdimos contra Boca y se preguntó qué había hecho casi todos estos 27 años de sufrimiento. Igual sé que se alegró cuando salimos campeones, porque sí, lo pude ver campeón, y 13 años después me llamaría, llorando los dos, para decirme otra vez “sí, salimos campeones”, y ahora somos campeones.
Cuando empecé la adolecencia le empecé a decir Dall’Oste, ya no tanto papá o pá. Y cuando empezamos a discutir los grandes temas de la vida, con History Channel o Discovery de fondo, yo me hice el que sabía de filosofía, y le hablé complicado para que no me entienda.
Un día volví a casa y él estaba leyendo a Nietzsche, después a Schopenauer, a Spinoza, y a Ingenieros. Ya no pude hablarle complicado y hacerme tanto el intelectual.
Mi viejo me quería dejar tres cosas en la vida, o eso decía antes: la Facultad, saber pescar con mosca, y saber bucear. Las dos primeras están tachadas, la otra veremos: no hay apuro.
Ahora cumple 57, y todavía llora y se pone colorado, casi a punto de explotar, cuando cuenta esas anécdotas de sus amigos, de él y sus amigos siendo jóvenes. “La edad cambia, pero la mente sigue igual”, me dijo esa vez, limpiándose con una servilleta.
Lo que tiene mi viejo es que de él puedo sacar mil historias, es como bolsillo de payaso (y estas frases son medio de él, que le gusta hablar así, con frases graciosas y ocurrentes): siempre hay más tela para cortar. Y él no se dio cuenta, quizás, pero él me hizo escritor: me hizo leer desde chico, me hizo admirar a los personajes más intelectuales, me contó historias, me mostró películas, me hizo creer que yo podía hacer todo eso, cualquier cosa que quisiera.  
Esto está al borde de ponerse chiché, y está bien que así sea. Porque es un texto que escribo para el cumpleaños 57 de mi viejo, que no es más ni menos especial que el 56 o el 58, o el 60 o los 30, la edad en que me tuvo, que yo voy a tener en 3 años.

Asi que nada, feliz cumple Dall’Oste.  

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