La mística: crónica del 1M

Foto de M.A.F.I.A., sacada de la nota "El núcleo duro", de Lucía Álvarez en ANFIBIA. 


La verdad es que nunca había ido a una marcha en Capital. Me bajé del bondi justo detrás de la Casa Rosada, crucé la avenida, y entonces sentí el estruendoso aleteo del helicóptero presidencial:
-Ahí está Cris, mirá –le dije a mi novia, incrédulo. Después me di cuenta de que sí, efectivamente era ella. –Llegamos los dos a la vez, mirá vos que loco.
Dimos la vuelta por la plaza, hasta tomar Avenida de Mayo; el cielo estaba gris, amenazante, y el aire cargado de humedad. No podía parar de mirar los inmensos edificios, todos tan grandes, tan viejos, paredes grises, acabados artísticos, casi bohemios, como en las películas que hablan de París o Londres o algún lugar lindo, lejos y europeo.
La gente se amuchaba en la vereda, expectantes, ¿expectantes de qué? Poco a poco se formaba un hilo de personas al borde del cordón, la calle vacía, el viento soplando tibio. Entonces me doy cuenta, y ella aparece, escondida dentro de un auto con vidrios polarizados, perseguida por otros tantos autos, pasan todos entre aquella gente que traspasa los cordones, que se lanza hacia la calle al grito de “¡Cristina! ¡Cris!”, y los papelitos que caen desde los balcones y los autos que se pierden en el horizonte, allá entre la marea de remeras blancas que caminan hacia el Congreso.
Poco a poco respiro eso que, supongo, será la mística de estas marchas: sentir el silencio de fondo (no hay autos, bondis, bocinas), lo cantos como por encima, casi pegados a un techo transparente sobre los edificios que también callan ante el avance de aquella inmensa cantidad de gente.
Uno siente, entonces, que está ante un evento histórico o algo así, y a mí se me ocurre que esa gente que me rodea está más acostumbrada a esto que yo, o al menos actúa con más confianza, como si ahí hubiese un ritual a reproducir, algo que se hace siempre, cada domingo, cuando le rezamos a Perón con un asado,  vino tinto y Futbol Para Todos.
Y pienso que acá es donde se cuece la historia, donde el federalismo se va al carajo y se ve la cara real de la política argenta; acá es donde tantas veces caminó tanta gente en la misma lucha que enfrenta casi siempre a los mismos sectores desde hace al menos 100 años.
Llegamos a la 9 de Julio, y allá atrás veo el obelisco, ese falo gigante que nunca termina de cogerse a ese cielo que por derecho es suyo y de nadie más, y me siento orgulloso. La gente se amucha: hay carpas, estructuras inflables, remeras, banderas, vallas, gente con cámaras, pibes con zapatillas truchas y otros con barbita zurda bien cuidada; hay remeras blancas, hay nombres de próceres del Peronismo, cantos, puteadas, alegría, convicción, quilombo, organización militante, historia, pasión, cosa argenta, todo junto, revuelto en ese caldo grumoso, espeso, contradictorio y recontra cebado que es el argentino politizado.
-Dame la mano, que si acá nos perdemos no nos encontramos nunca más –me dice mi novia, y nos zambullimos entre esa masa de piel y gritos que camina agitando los brazos, que canta, sobre todo canta y agita y recontra agita porque para eso fue, para que lo escuchen los gorilas, los caretas, la opo, clarín, los fachos, los yankees, los cipayos y toda la gilada que bate cualquiera en la historia política nacional.
Y sí, uno puede decir que había una organización en el evento, y era impresionante: columnas y más columnas que pasan con los bombos, los gritos y las banderas; y cuando uno mira hacia un costado en un cruce ve que en las otras calles también hay bombos y una murga que camina quilombera hacia al Congreso (los BOM! BOM! BOM! retumbando ente los edificios de hormigón, como si Godzilla fuese caminando por ahí). Y se siente como si estuviese a punto de estallar todo, la adrenalina es contagiosa, y dan ganas de romper cosas y saltar y cantar y bailar al ritmo de la política caótica, latina, grasosa, rica y nuestra.
Pero también hay auto convocados, aunque siempre viene el discurso del conserva, de los bondis y el chori y lo “espontaneo” como oposición a lo organizado, hay gente (como yo) que está ahí porque quiere, y son muchos, aunque eso no los hace más legítimos, solo los hace más casuales.
El militante es el legítimo, y no porque tenga la cabeza “lavada” ni porque vaya por el chori (me quedé con las ganas de comer uno), ni ninguna de esas giladas simplistas que no explicán ni el tatetí; tampoco porque sean todos los Che Guevara del convencimiento, de la razón política, del idealismo romántico o lo que sea: son legítimos porque están ahí todo el año, porque manijean políticamente, van a todas las marchas, todas las reuniones, a todos los eventos, laburan todo lo que hay que laburar, hablan con quién hay que hablar, llaman a quien hay que llamar, se putean con quien hay que putearse, y así todo el tiempo, yendo y viniendo por el campo de batalla discursivo más choto que existe, después de la tele.
El cacerolero y el de la marcha de los callados, esos también son legítimos, es verdad, tienen un motivo para salir. Decir “son golpistas” es también simplificarlo todo, es negar algo que siempre se niega en esta sociedad post-dictadura: que la derecha existe, que nuestra sociedad es semi fascista, liberalista y conserva, y que esa gente vive perdida por la boludez de no tener un relato histórico. Para ser más gráficos: son como un adolecente sin memoria, sin pasado, incomprendido, rompiendo todo como un boludo porque no entiende por qué es como es: USTED, SEÑOR, ES DE DERECHA, ES ASÍ, USTED APOYÓ LA DICTADURA, APOYÓ EL MENEMISMO, EL DUHALDISMO Y CONSIDERA ESTE GOBIERNO UN REJUNTE DE ZURDITOS.
Pero bueno, ese análisis va en otra nota, igual de equivocada que esta. Ahora vuelvo a la plaza Congreso, el himno que suena por los parlantes, la gente que sigue llegando, el cielo cada vez más oscuro y las manos arriba, en forma de V, algo que nunca había visto en mi vida. La gente parada, mano derecha en el corazón, V arriba y el himno de fondo, glorioso, místico, como un instante en cámara lenta, como una película de Mel Gibson o el forro de Eastwood, pero con la historia real, pesada, a flor de piel. Y pienso que quizás algunos de ellos, los que tienen más de 40, 50, fueron quizás perseguidos, fueron parte de ese relato que se cuenta, que se recupera, que convive con nosotros, los hijos del menemismo, y que nos recorre por dentro, por las venas, historia pura.
Entonces de los parlantes se escucha la voz de ella, que comienza el discurso con cifras, con frases picantes, yendo y viniendo, una oda a la calidad discursiva, algo que vamos a extrañar ante los titubeos sin contenido de Scioli, la lengua gorda e inhábil de Massa o la sorprendente habilidad para quedar como un pelotudo de Macri. Y la gente a veces escucha, otras no; la lluvia por momentos moja, en otros molesta, y en otros se detiene, dejando un aire espeso, húmedo, que da más ardor que calor.
El discurso no para, nunca se detiene, y la gente va y viene: se arman trencitos que frenan debajo de un árbol o un techo cuando llueve, que van para adelante a ver mejor, o para atrás para comprar comida o rajarse, como hice yo, en determinado momento. A la hora y media, más o menos, me fui.
Y luego caminé por las calles de Capital con mi novia. Entramos a un Burguer King y ella seguía hablando; pasamos por un kiosco y su voz estaba ahí, caminamos horas por San Telmo, viendo pilas y pilas de cacharros viejos, extranjeros y viejos borrachos, y de fondo siempre se escuchaba, incansable, el discurso, el relato, las palabras apelmazadas y algo distorsionadas que vienen desde el parlante de un televisorcito rojo de los 80.




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