Una mochila inmensa


Relato que escribí para el LITIN, basado en "Laura Va", del Flaco. 


En la pantalla de la computadora había un Word abierto con una sola oración escrita:
“Todas las noches, a las once y media, escuchaba primero la bocina, luego el violento pasar de un tren, que se perdía en el silencio de aquel pueblo.”
Laura cerró la computadora y la metió en su bolso. 
La casa estaba en silencio; afuera, apoyada contra la pared despintada, había una vieja bicicleta inglesa, con grandes cascotes de tierra colgando del guardabarros. Laura miraba sus pies, empapados, pero no alcanzaba a imaginar su piel mojada, fría, debajo de las medias, debajo del jean. 
Pensó que su personaje debía escapar. Se imaginó la serie de conflictos que la llevarían a tomar esa decisión: un beso dado por compromiso; una charla que no llevaba a ningún lado; la silueta de su psicóloga recortada contra la ventana esmerilada, borrosa, y su voz que llegaba como un hilo confuso; un archivo de Word abierto y la barra titilando; un vaso vacío y la ropa sucia de un mes desparramada por el cuarto. Por último imaginó la posibilidad que viene desde afuera, del mundo externo, como una promesa o un amor (de hecho, se dio cuenta, todo amor es una promesa, y toda promesa, una mera posibilidad).
Se dio vuelta y salió hacia la calle; afuera ya no llovía, el barro del camino contrastaba con el césped crecido de las veredas. A lo lejos, los rayos atravesaban un horizonte oscuro, metálico y siniestro: algo iba a pasar. Sonrió para sí misma, y continuó pedaleando con esfuerzo.
Cuando llegó a la estación vio al hombre que la esperaba con una mochila inmensa, a un costado del andén. El cielo seguía gris, y hacía del ambiente algo más lúgubre: las vías llenas de basura, el viejo durmiendo entre los diarios en un banco despintado, el olor a aceite industrial mezclado con el aroma a desinfectante que venía del baño. Se sintió mejor con su historia, y caminó con más determinación. 
El hombre se dio vuelta y la miró con sus ojos negros y brillantes, tan llenos de amor, de posibilidades, que Laura no pudo contener la risa. Lo abrazó y sintió la barba raspándole los cachetes, después las manos ásperas que levantaban su rostro y los labios secos que la besaban con afecto. 
Oyó la voz del hombre preguntarle acerca de su decisión, acerca de su familia, su madre y su bicicleta. Laura asintió a todo, sin dejar de mirar el horizonte, ansiosa por escuchar la bocina, el relámpago que cruzara aquel pueblo y se la llevara lejos. La voz pasó a ser más suave, y la barba comenzó a recorrer su cuello; las manos rasposas abrazaron su cintura y ella se sintió un poco ahogada. 

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