Un fantasma de agua y barro

Crónica publicada en  "Agua en la cabeza", editada por Club Hem editorxs y Pixel, bajo el nombre de "Siempre que se necesita"


-Capaz se perdió en la corriente –dijo Guille, sonriendo y esquivando la mirada. Hasta ese momento, a ninguno de los dos se le había ocurrido decirlo, ni siquiera en broma. Era una posibilidad, de todas formas, y no había información al respecto.
Tomé el celular nuevamente y llamé al Extraño: escuché un tono y “el usuario no está disponible” de una voz femenina. Ya habían pasado dos días, y aún nada.
-Volvió internet –dijo Guille. Poco a poco las noticias fueron apareciendo: desastre, caos, muertes, barrios enteros inundados y solidaridad política; el intendente aparece, luego desaparece (nunca estuvo); la presidenta llega en helicóptero a salvarnos a todos; los mosquitos nos comerán vivos y los cientos de muertos se reducen a números (que se reducen a menos números).
El Extraño vivía en Tolosa, en la zona de desastre de la clase media y medial; allí donde las aspas inmensas golpearon el aire para dejar caer a los políticos, periodistas y grandes centros de evacuados; allí donde fueron la mayor parte de los colchones, de ropa y alimentos de una gran bocanada de solidaridad que la sociedad se permitió, más allá de los manejos, o de las zonas ignoradas, o del debate de qué es y qué no solidaridad -y si las zapatillas igual no las usabas más no importa, o sí-, pero la cuestión es que la ropa está (y casi sobra) y los colchones y los alimentos casi no alcanzan, pero hay.
-No me atiende –dije, luego de intentar una vez más.
-Ni te enrosques, seguro ni sabe que hubo una inundación –dijo Guille con tranquilidad. Y esa era la otra posibilidad.
. - .

Al otro día me encontré con Andrés en la esquina de la Casa Guevarista. Vi su silueta acercarse con un andar saltarín por la calle; llevaba puesta una camisa de jean que le quedaba grande. Me contó que ya había ido a Tolosa el día anterior, moviéndose entre organizaciones universitarias, ayudando a unos y otros, sin detenerse en ningún lugar en especial, y de paso saciando la morbosa sed periodística que provocaba el estar en el centro del desastre.
-No sabés, pasas por 525 y es surreal –me dijo al rato.
-¿Del Extraño no sabés nada? –le pregunté.
-No, nada.
-Hoy vayamos a Tolosa, quiero ver cómo quedó todo allá–dije.
Cruzamos la calle y nos infiltramos entre las hordas de estudiantes que se apilaban para ayudar a descargar y cargar las bolsas de donaciones que llegaban sin cesar. Una chica de rastas y piercing en el labio nos frenó con la mirada.
-¿Necesitan ayuda? –preguntó Andrés.
-Sí –dijo, sosteniendo una lapicera con una mano y un anotador con la otra. Pensó unos segundos y nos señaló el grupo de gente que sacaba y guardaba ropa al costado de la calle. –Vayan a clasificar lo que llega.
Abrí una bolsa que llegó del servicio penitenciario y comencé a analizar cada prenda; había cinco categorías: niño, niña, adolecente mujer, mujer y hombre. Todo en aquella bolsa era lo mismo, así que directamente le pegué una etiqueta que decía “hombre” y seguí con las donaciones de una iglesia de Ringuelet.
En la calle, varias personas se reunían con banderas en las manos, dispuestas a marchar hacia plaza Moreno.
-No es el día, hoy hay que ayudar, después vamos a protestar, no da –dijo una chica a mi lado.
Una parte de la gente acompañó esa marcha, y la otra mitad se quedó. En todo caso lo que importaba era sacarse esa culpa de persona afortunada ante las inclemencias del clima y las clases sociales; sacarse la grasa de la inacción y salir con nuestras mascaras de “personas solidarias” a ayudar al mundo, a limpiar la mierda que se acumula sobre las baldosas y poner nuestro Me Gusta en la foto de Facebook de algún desaparecido; calzarnos los chalecos de “buena gente” y clasificar calzoncillos de ex presidiarios; salir a mostrarle al mundo que la humanidad existe, salvar a nuestros hermanos de Tolosa y si todavía hay ganas ver que pasó en El Rincón o Villa Elvira. Luego habrá tiempo para volver a nuestras casas, para hablar con el tachero sobre la mejor forma de exterminar la juventud perdida o explayarnos sobre la vagancia que generan los subsidios; para rascarnos la nuca mientras twitteamos alguna huevada, mientras la sociedad sigue girando como una bola de moco entre los dedos de un mogólico.  
Andrés apareció con la mochila al hombro y los ojos inmensos.
-Che, vení, nos llevan –dijo, haciéndome una señal.

.:.

Nos subimos a una camioneta Kangoo que manejaba una rubia madre de dos hijos pequeños y partimos hacia Tolosa, el centro del desastre.
La mujer tendría unos cuarenta años y conservaba una belleza exótica. Hablaba de su marido y de su pasado militante, del sentimiento espontaneo de solidaridad y de la nostalgia por aquellos viejos momentos de militancia. Luego comenzamos a charlar sobre la inundación, sobre las historias trágicas y las responsabilidades políticas.
-Una chica amiga de mi hija –dijo la señora –, fue esa noche con el padre al centro. Vieron que llovía mucho y habían dejado el auto estacionado por ahí, asique lo fueron a buscar; y claro, ni se imaginaron que se iba a inundar tanto. Cuando se dieron cuenta el agua les llegaba a la cintura, y al ratito ya les llegaba al cuello –dijo. Y la historia que se repite en los relatos: como una película de terror o de apocalipsis climático, padre e hija se ven atrapados por la inundación, sostenidos de una palmera, incrédulos ante el río que avanza por las calles arrastrando los pesados autos que golpean con violencia lo que se encuentre a su paso; y se oyen gritos apagados, y la chica y el padre notan que hay gente dentro de los autos, oyen los golpes en los vidrios y los pedidos de auxilio; ven familias atrapadas en sus vehículos, arrastradas por una corriente que los hace desaparecer en la oscuridad de la tormenta.  Entonces ven un auto-bomba abrirse paso entre la corriente, y la esperanza vuelve a abrigarlos; se suben con ayuda de los bomberos y ven cómo un coche golpea con violencia la palmera que antes los sostenía, y se sienten más vivos y aterrorizados que antes,  a merced de la naturaleza que invade las calles.
La mujer siguió hablando del conteiner que apareció en medio de Plaza Malvinas, mientras nos adentrábamos en la zona de desastre. Vi un camión juntar los muebles destruidos que se acumulaban fuera de una casa; a su alrededor, la gente observaba con gestos de cansancio y desesperación, y la línea del desastre (un fantasma de agua y barro) se tallaba en los muros con más violencia a medida que nos adentrábamos en Tolosa.
Bajamos en 21 y 526, y comenzamos a caminar hacia donde vivía el Extraño. El día estaba soleado, las chicharras chillaban monótonas, mientras desde las casas se oía por momentos el rumor de alguna radio prendida. Las puertas estaban abiertas, los autos se secaban al sol y la gente limpiaba los pisos embarrados; afuera las pilas de muebles, colchones, ropa y pertenencias decoraban las veredas. Un niño de unos diez años pasó en una moto llevando una pila de cartones, y un hombre de rostro curtido pedaleaba arrastrado con su bicicleta un pesado carro repleto de maderas y pedazos de muebles.
En una esquina vimos el dúplex donde vivía el Extraño. La pintura amarilla de sus muros se había ennegrecido a unos cincuenta centímetros del suelo;  la puerta de madera y los ventanales a sus costados estaban abiertos. Aplaudimos antes de entrar, y vimos a la madre limpiando el piso del garaje; el Extraño, con sus lonas rotas y la remera gastada tocaba la guitarra, tirado sobre el césped del patio.

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En el fondo había un montículo de tierra húmeda.
-Se murió el jueves, antes de la inundación –dijo el Extraño. Tenía el pelo castaño despeinado, y la barba crecida.
-Qué raro que no se removió la tierra con el agua y salió para afuera –dije.
-Sí, es que lo enterramos bien profundo.
Miramos la tumba del gato mientras tomábamos unos mates y discutíamos sobre el final de la crónica que iba a escribir Andrés. En ese momento apareció nuevamente la madre del Extraño y dijo que iba a regalar el futón a una familia vecina.
-Les entró un metro y medio de agua –dijo el Extraño –viven acá a media cuadra. Por suerte a nosotros nos entró muy poco.
Entonces nos cuenta de esa noche, de sus padres y su hermana en un auto por Gonnet y el pedido de  ayuda a un vecino cualquiera que les prestó el garaje para esconderse de la lluvia incesante; el agua entrando poco a poco por la puerta y la adrenalina que lo motivó a agarrar la computadora, la tele, el ampli y los discos y llevarlo todo al piso de arriba, donde están los cuartos, para luego abrir la ventana y ver que abajo un río arrasaba la cuadra en medio de la oscuridad del apagón. La noche llovía su negrura sobre la ciudad y él se prendió un porro mientras observaba, incrédulo, el agua arrasar con la civilización.  
-¿Vas a pedir el subsidio? –le pregunté al Extraño.
-Sí, mi hermana lo va a tramitar.
-¿Viste que saquearon todos los mercados de acá a la vuelta? –preguntó Andrés.
-Sí, hubo uno solo que no robaron: el único que no subió los precios por la inundación.
Andrés siguió hablando de otros casos, de los miles de casos que los días siguientes fueron inundando los medios de comunicación y los relatos en las calles, los ascensores y los almacenes; y después vinieron las llamadas de los familiares de todos los rincones del mundo para saber qué pasa, y cómo fue, y qué pasó realmente con el chusmerío político; y tantos otros mandando ropa y algo de comida y buenos deseos, hermosos deseos que con el tiempo se diluyeron, al igual que el agua, dejando solo la sutil marca negra que persigue aún a los que realmente perdieron todo, a los que realmente ayudaron, y no a nosotros, y no al resto de esta esporádica sociedad demasiada preocupada por el dólar y la magistratura como para seguir pensando en los inundados, ya sea de la clase media Tolosense o de los suburbios marginales del Gran La Plata.

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