Mil boludeces



Vos y ella o yo y ella, y al final que mierda importa. Si todos son colores, son vibraciones; idas y vueltas por ningún lado. Y en el vidrio una imagen pétrea, sin ilusiones; vaga, como el cemento. Y él, caminando por la calle, con el flequillo sucio por el gel, peinado para arriba, y las lonas, gastadas, tan a propósito, como si fuese todo un caos, como si su vida realmente fuera caos. Y las palabras que le tardan de salir de la boca una eternidad, como si ahí hubiese algo que decir, algo importante realmente, pero si lo había: ya no está.
-¿Vos que querés decis? –preguntó ella, sonriendo, mientras sostenía un vaso de plástico con fernet.
Él vio sus pequeños ojos, la oscuridad en ellos, y frunció el ceño, intentando parecer tranquilo, sereno.
-Qué se yo, ¿importa? Yo creo que es todo al pedo. Al final, vos haces la que querés.
-¿Y qué quiero? Ya que sabés tanto, digo.
-Y qué se yo. Ahora podría intentar hablarte de la vida y de mil boludeces, pero realmente no sé nada. Vos haces lo que querés.
-¿Y qué pensás que quiero yo? Ahora no vengas a hacerte el humilde, el que no pensás nada al respecto. -Él vio sus cejas depiladas, el labio inferior carnoso, el pelo corto que tantas veces agarró con violencia, como un espasmo emocional que quiso sentir; y se sintió un idiota, superficial, o peor: se vio pensando en lo de adentro, en eso, sí.
-Yo no pienso nada –mintió-, yo creo que vos haces al tuya y yo hago la mía, total, nadie es dueño de nadie, ¿no? Que querés que te diga, hacé lo que quieras.
Y ver el futuro y no ver nada; y ver el pasado y recordar el sexo, el sexo tan actuado, tan poco natural, con ella, y ella diciendo “no, así no”, y después bajarse de la cama, sentarse en el piso, frío, y ella arriba parece que sabe lo que hace, y goza, pero al rato sigue con “no, así no”; y cambiar de nuevo, siempre intentando, siempre... ¿intentando qué? Y él  piensa ¿para qué tanto esfuerzo?, si  la incomodidad es explícita.
Pero ahora todo es distinto, todo es un no sentido, un no querer algo y quererlo a la vez, es la “territorialidad”, como dice El Extraño, como si no fuese algo obvio, tangible.
Ella fuma el cigarrillo, lo termina y lo tira al suelo. Lo mira de reojo y él lo siente, pero no responde, mira para otro lado y toma un poco de cerveza caliente.
-Bueno, me voy. Ahí viene Fede -dice ella, con su voz aguda, como cantando algo. 
-Bueno, andá, ¿Qué querés que te diga?  
Entonces se da cuenta de que no dice nada, y se siente hipócrita, imbécil incluso escribiendo estas palabras, esta historia pelotuda, intrascendente a menos que la narremos, la historicemos y alguien la lea, y vea algo en ella, y vea algo en sí mismo. Pero ahí está ella, con la mirada de reojo; aún expira humo del cigarrillo, esperando a Fede, que empuja gente intentado pasar, con la cerveza fría, real.
-Cómo tarda, ¿No? –pregunta él, imbécil, sin sentido.
-Sí –responde ella-, tarda. –Y prende un cigarrillo más, mirando hacia el techo.

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